Page 135 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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los blancos rayos alumbraron el pasaje, Salisbury
divisó la bolita de papel arrugado que la mujer
había tirado. Extrañamente curioso por saber lo
que podía contener, la recogió y se la metió en el
bolsillo, poniéndose de nuevo en camino.
III
Salisbury era un hombre de costumbres. Cuando
llegó a casa, empapado hasta los huesos,
colgándole la ropa, y con el sombrero impregnado
de un lívido rocío, su único pensamiento fue acerca
de su salud, de la que se ocupaba solícitamente.
Por tanto, después de cambiarse de ropa y
embutirse en un cálido batín, procedió a
prepararse un sudorífico a base de ginebra y agua,
calentada esta en una de esas lámparas de alcohol
que mitigan las austeridades de la vida de un
moderno ermitaño. Cuando se hubo administrado
la preparación, y hubo calmado su excitación con
una pipa de tabaco, Salisbury pudo irse a la cama
en un alegre estado de ociosidad, sin pensar en su
aventura en la sombría arcada, ni en las ominosas
fantasías con que Dyson había sazonado su
comida. Lo mismo ocurrió la mañana siguiente
durante el desayuno, pues Salisbury insistió en no
pensar en nada hasta terminar de comer. Pero
cuando retiraron la taza y el plato, y encendió su
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