Page 139 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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una  canción  de  music‐hall,  eternamente  citada,


            cantada  a  todas  horas  del  día  y  de  la  noche,  y



            apreciada  por  los  golfillos  callejeros  como  un


            infalible recurso cada seis meses. Salisbury salió a


            la calle y trató de olvidar a su enemigo entre los


            empujones  de  la  multitud  y  el  rugido  y  el


            estruendo del tráfico, pero al instante se encontró


            a  sí  mismo  alejándose  silenciosamente  y


            deambulando por parajes desiertos, devanándose



            los sesos en vano tratando de hallar algún sentido


            a frases que no lo tenían. La llegada del jueves fue


            un gran alivio, pues recordó que tenía una cita con


            Dyson. Los fútiles ensueños del que se hacía llamar


            hombre  de  letras  parecían  divertidos  en


            comparación  con  esta  incesante  repetición,  esta


            perplejidad  de  la  que  no  parecía  poder  escapar.


            Dyson estaba domiciliado en una de las calles más


            tranquilas que llevan del Strand al río y, al pasar



            Salisbury por la estrecha escalera que conducía a la


            morada de su amigo, vio que el tío había sido de


            veras  benéfico.  El  suelo  resplandecía  y  flameaba


            con todos los colores del Oriente; era, como Dyson


            observó pomposamente, « un ocaso de ensueño» ,


            y sus cortinas extrañamente elaboradas, en las que


            brillaban hilos dorados aquí y allá, impedían ver el



            crepúsculo  de  las  calles  londinenses,  con  sus


            farolas encendidas. En los estantes de un armario

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