Page 186 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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sonriéndome—  y  no  sentiré  librarme  por  un


            tiempo de mis viejos huesos, piedras y deshechos.



            Hace treinta años, sabe usted, que llevo dándole


            vueltas a los hechos; ahora es tiempo de fantasías.


              Los días pasaron rápidamente. Cuando dejamos


            atrás  el  viejo  caserón  y  comenzó  nuestro  viaje,


            pude  advertir  que  el  profesor  se  estremecía  de


            excitación contenida, pero apenas presté atención


            a  la  vehemente  impaciencia  de  su  mirada.



            Partimos  al  mediodía,  y  a  la  caída  de  la  noche


            llegamos  a  una  pequeña  estación  rural.  Me


            encontraba  cansada  y  excitada,  y  el  trayecto  a


            través  de  las  vías  férreas  me  pareció  un  sueño.


            Primero, las desiertas calles de una aldea olvidada,


            mientras oía la voz del profesor Gregg hablando


            de la Legión Augusta y del estruendo de armas y


            la impresionante pompa que solían acompañar a


            las  águilas  romanas.  Después,  el  ancho  río



            deslizándose con todo su caudal, con los últimos


            resplandores                        crepusculares                        centelleando


            lúgubremente  sobre  las  amarillentas  aguas,  los


            grandes  prados,  los  trigales  blanqueados,  y  la


            angosta senda que serpentea por la ladera entre las


            colinas  y  el  agua.  Finalmente  empezamos  a


            ascender, y el aire se fue enrareciendo. Miré hacia



            abajo y vi la blanca neblina que silueteaba el curso


            del río como un sudario, y una región indefinida y

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