Page 188 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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de  encanto,  y  el  suave  soplo  de  la  brisa  que


            penetraba por la abierta cristalera no se parecía a



            ninguna  otra  brisa.  Miré  en  dirección  al  valle,  y


            más allá, a las colinas que se sucedían una tras otra


            como  olas  en  el  mar;  en  primer  término,  una


            columna de humo azul pálido se elevaba todavía


            de la chimenea de una antigua y lúgubre granja, al


            pie de una escarpada cumbre coronada de abetos


            sombríos, y a lo lejos vislumbré la blanca cinta de



            un  camino  que  ascendía  y  se  perdía  en  alguna


            inimaginable  región.  Pero  toda  la  vista  estaba


            limitada  por  una  gran  muralla  montañosa,


            inmensa hacia el oeste, que terminaba como una


            fortaleza  en  una  cuesta  empinada  y  un  túmulo


            abovedado recortándose contra el cielo.


              Vi al profesor Gregg paseando por el sendero de


            la  terraza  bajo  las  ventanas,  y  era  evidente  que


            saboreaba tanto la sensación de libertad como el



            pensamiento  de  que  por  un  tiempo  se  había


            despedido de sus obligaciones. Cuando me uní a


            él  había  exultación  en  su  voz  al  señalarme  la


            extensión del valle y el serpenteo del río por entre


            las encantadoras colinas.


              —Sí —dijo—, es un país extrañamente hermoso,



            y, para mí al menos, lleno de misterios. ¿No habrá


            olvidado,  señorita  Lally,  el  cajón  que  le  mostré?





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