Page 208 - Limbo - Bernard Wolfe
P. 208
El rostro del empleado era educado,
interesado, sobrio, correcto...
Era pronto, apenas la hora de la cena, y
Martine se sentía ansioso por echar su primera
ojeada a la vida de las calles de la ciudad, una vez
se hubiera duchado y cambiado de ropas. Pero
después de la ducha descubrió que un cansino
torpor se había infiltrado por todo su cuerpo; el
viaje había sido mucho más agotador de lo que
había sospechado, especialmente el último tramo
troposférico.
Letargo. Se echó en la cama en calzoncillos
(unos hermosos calzoncillos suizos de seda, con
la conocida etiqueta Espuma‐Rumpf en la
cintura), y dejó vagar sus pensamientos. En algún
lugar en aquella ciudad azucarada un reloj dejó
oír la hora: siete campanadas.
Las siete. En la isla de los mandunji
probablemente sería pasada la medianoche, todo
el mundo dormiría. Pero aunque hubiera algunos
insomnes (¿Goda?... ¿fumando?... ¿Rembó?...
¿leyendo?), muy pocos de ellos serían conscientes
de que era «pasada la medianoche». En la isla, se
consideraba día desde la salida hasta la puesta del
sol, y noche todo el resto, y no hacían falta más
precisiones. Puesto que uno trabajaba en lo
208

