Page 212 - Limbo - Bernard Wolfe
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Se inclinó sobre la balaustrada, mirando al
resplandeciente árbol de Navidad de la ciudad a
unos cincuenta pisos por debajo de él. Había
rascacielos por todas partes, brillantes como
gigantescos pirulíes de menta. ¿Por qué? ¿Por qué
aquella devoción al anacronismo de la vertical,
ahora que el abrelatas atómico había abierto de
nuevo los horizontes y había más espacio libre en
el continente del que jamás se hubiera imaginado
desde los tiempos de Colón y Cortés? ¿Acaso todo
aquello venía dictado también por ese sentido del
tiempo que, como un agente de la circulación,
controlaba los instintos con un semáforo?
Evidentemente, cuando la ética de un pueblo
resultaba dominada por la inquieta consciencia
de los minutos transcurriendo, el tiempo de
«juego» tenía que ser controlado cuidadosamente
para no mezclarse con el tiempo de «trabajo».
Había que dosificar la energía disponible en cada
organismo: la masa podía quedar atrapada en las
redes de la «cultura», contra la que las redes más
frágiles del «instinto» luchaban en vano... o al
menos así lo disponían los lóbulos frontales
dominantes. Cuando lo permitían los planes de
trabajo, podía tolerarse esporádicamente un poco
de esparcimiento, y entonces los sentidos, aunque
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