Page 213 - Limbo - Bernard Wolfe
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no quedaran realmente libres, sí disponían de una



            cierta tolerancia, aunque siguieran aferrados por


            las  restricciones  de  aquellos  invisibles  collares


            como  los  que  Levan  los  perros.  Claro  que  al


            menos  se  les  permitía  una  breve  pausa  para


            recuperar  el  aliento  entre  sobriedades.  Pero  si


            bien el juego no podía sobreponerse al trabajo, el


            trabajo  sí  intervenía  en  el  juego:  los  hombres



            hacían a menudo el amor como si se tratara de


            una  misión,  un  trabajo  más  a   realizar,  otro


            elemento de la rutina robótica. Un metrónomo en


            cada  córtex.  Un  viejo  libro  de  investigación


            (¿Kinsey?), afirmaba que tres cuartas partes de los


            hombres  americanos  alcanzaban  el  clímax  del


            coito en menos de dos minutos, y las tres cuartas


            partes  de  ellos  en  menos  de  treinta  segundos:


            ¡Johnny‐vuelve‐aprisa!  ¡No  hay  tiempo  que



            perder!  La  música,  el  arte  más  basado  en  la


            división  del  tiempo,  expresaba  a  menudo  el


            énfasis de esta dictadura del tiempo, ya fuera bajo


            la         forma              de          resignación                   (regularidad


            metronómica) o de revolución (sincopación).



                  En  resumen,  los  propios  instintos  estaban


            verticalizados.                          Ascensos                      vertiginosos,


            apresurados  regresos  a  la  tierra.  Los  instintos


            metidos en un ascensor ultrarrápido. Y cualquier



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