Page 1398 - Anatema - Neal Stephenson
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a necesidad de estacas era inacabable. Nuestros
L voluntarios las fabricaban a partir de lo que podían
encontrar: varillas de refuerzo de edificios que habían
salpicado el paisaje, retorcidos cuadrantes de hierro
cortados de torres derribadas, fragmentos de árboles que
habían volado. Atadas en haces, se amontonaban frente a
la entrada de mi tienda, amenazando con bloquearme en
el interior.
—Tengo que llevarlas al equipo de medición del borde
—dije—, ¿me acompañas?
El artesano Quin llevaba seis días sentado en un transbor
en compañía de Barb. Mi propuesta le sonó bien.
Apartamos la lona que olía a moho y salimos a la luz
blanquecina de una mañana nublada. Los dos cargamos
con tantos haces de estacas como pudimos e iniciamos la
subida a la colina. La erosión ya había convertido en
barrancos nuestros primeros senderos de descenso desde
el borde, así que los nuevos cortaban el suelo en terrazas y
correctos tramos en zigzag. Un trabajo muy duro, y una
buena forma de descubrir quiénes estaban de vacaciones
y quiénes se quedarían para vivir en Orolo.
—La primera versión será de madera y tierra —le dije,
mientras pasábamos junto a un equipo mixto de seculares
y avotos que clavaban troncos afilados en el suelo—. Para
cuando yo muera, deberíamos tener una idea aproximada
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