Page 1402 - Anatema - Neal Stephenson
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los huecos de las murallas con puertas, querríamos tener


          campos de fuego entrecruzados entre aquel bastión y el

          siguiente  para  rechazar  cualquier  ataque  en  el  espacio

          intermedio de muralla.


            Silbé con los dedos. Nos miraron. Señalé los manojos de

          estacas que Quin y yo acabábamos de dejar. Un par de

          valleros echaron a correr para recogerlas. Quin y yo nos


          giramos para volver por donde habíamos venido. Pero nos

          detuvo un silbido de respuesta que reconocí como de Lio.

          Miré hacia él. Hizo un gesto hacia la pendiente exterior de


          la pared del cráter, intentando que viese algo. No había

          mucho a la vista: sólo una larga cuesta de tierra hervida,


          madera quemada, aislamiento raído y piedra pulverizada.

          Más adelante, una zona plana donde los peregrinos como

          Quin habían aparcado sus vehículos. Pero al fin vi lo que


          Lio quería señalarme: una vena amarilla de estelaflor que

          surgía de la pendiente.


            —¿Qué es? —preguntó Quin.

            —Una invasión bárbara —dije—. Es una larga historia.

          —Me despedí de Lio.


            Quin  y  yo  iniciamos  el  descenso  al  cráter.  Tuvimos

          tiempo  de  desviarnos  hacia  una  terraza  que  mis  fras  y

          sures edharianos y yo habíamos construido poco después


          de  nuestra  llegada.  Al  contrario  que  la  mayoría  de  las

          terrazas, que empezaban a tener plantas que con el tiempo

          se convertirían en marañas, ésa estaba llena de armazones


          fabricados con metal de desecho que algún día soportarían



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