Page 577 - Anatema - Neal Stephenson
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A los avotos nos gustaba repetirnos que vivíamos una
vida humilde y austera, a diferencia de los prelados
bazianos, que se paseaban por ahí con túnicas de seda y
rodeados de nubes de incienso. Pero al menos nuestros
edificios eran de piedra y no requerían excesivo
mantenimiento. Aquel sitio era todo de madera: subiendo
por la ladera, una pequeña arca y un círculo de barracones
que formaban una especie de claustro con una fuente
central. Más cerca de la carretera, dos hileras de celdas con
camastros y un edificio grande con un comedor y algunas
salas de reuniones. Los edificios estaban cuidados, pero
resultaba evidente que se encontraban en continuo
deterioro y que, si la gente se marchaba, en pocas décadas
serían un montón de madera lista para arder.
No llegamos a ver cómo vivían los monjes. Las celdas
donde nos alojamos estaban limpias, pero con las paredes
y camas llenas de pintadas de los niños que cada verano
llegaban en autocares repletos. Fue simple suerte que los
niños no estuviesen allí cuando llegamos; un grupo se
había ido un par de días antes y pronto se esperaba la
llegada de otro. De la media docena de jóvenes que se
ocupaban de aquel lugar, cuatro habían vuelto a la ciudad
durante ese periodo. Los otros dos y el sacerdote baziano
encargado del centro nos habían preparado una comida
sencilla. Después de dejar las bolsas en las celdas y pasar
unos minutos aseándonos en los baños, nos reunimos en
el comedor y nos sentamos en filas de sillas plegables muy
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