Page 765 - Anatema - Neal Stephenson
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me metía en ellos y echaba un vistazo. Por lo que he
descrito hasta ahora cabría pensar que se trataba de una
escena de terrible pobreza, pero cuanto más observaba
más claro tenía que allí se podía conseguir trabajo, que la
gente había ido a buscarlo y que lo que presenciaba —dé
lo que formaba parte— era una forma de prosperidad. Los
jóvenes hacían cola para hablar con tipos importantes que,
supuse, serían contratistas. Muchos otros estaban allí para
vender bienes o prestar servicios a los que habían
encontrado trabajo, por lo que había gente cocinando en
carritos o en fuegos abiertos, ofreciendo objetos
misteriosos que sacaban de los bolsillos de sus abrigos o
comportándose de una forma muy extraña que, como
comprendí lentamente, daba a entender que estaban
dispuestos a vender su cuerpo. Viejos y destartalados
autobuses atravesaban la multitud a paso de tortuga para
descargar o tomar a algunos pasajeros. Los únicos
vehículos con ruedas que parecían tener cierto uso
práctico eran las bicicletas o los escúteres. Predicadores de
distintas arcas controlaban puntos estratégicos del flujo y
gritaban evangelios y hacían profecías a través de
amplificadores algo rotos. Había mucha basura sin
recoger y muchas defecaciones a cielo abierto, por lo que
me alegré de que no hiciese más calor.
El clima generoso había atraído inmigrantes desde
siempre, llegados de todas partes del mundo, en solitario
o en oleadas, que subían a fiordos o valles montañosos a
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