Page 781 - Mundos En El Abismo - Juan M. Aguilera
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vacas. Las débiles llamas de las antorchas
prendidas en la pared metálica, sólo iluminaban
una parte del inmenso cobertizo, en el que
podrían cobijarse unas cincuenta cabezas de
ganado. De aquel lugar emanaba una mórbida
tristeza. Jonás casi decidió marcharse; le
deprimía contemplar una vez más la barbarie y
la decadencia superponiéndose y venciendo a
la tecnología.
El techo de viguetas de acero, que parecían
haber sido cortadas y vueltas a soldar una y
mil veces, estaba salpicado por manchas de
óxido y moho. Por la puerta de la bodega, mal
cerrada, llegaba un inconfundible olor a leche
agria.
Con gestos, el sacerdote le indicó a Jonás que
le llevaría a un lugar desde el que podría
contemplar la morada de Dios.
Entraron en la habitación principal. Era una
gran sala cuadrada, levemente iluminada por
una pequeña abertura practicada, tal vez
siglos atrás, en los gruesos muros de acero, y
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