Page 321 - Hijos del dios binario - David B Gil
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dirigían  directamente  a  las  taquillas  o  seguían  el


           camino de leds amarillos que conducía a la planta


           superior,  donde  se  encontraban  las  cabinas  de


           saturación  sensorial.  Cómo  sería  aquello,  se



           preguntó.  El  completo  aislamiento,  las  bandas


           lectoras  de  impulsos  electromagnéticos,  los  cascos


           de realidad inducida que taladraban el cerebro con


           imágenes  sintéticas...  Era  algo  ajeno  a  su


           generación, que aún concebía los videojuegos como


           un mundo virtual al que te asomas a través de una


           pantalla. Los neurojuegos, sin embargo, mezclaban



           la  recreación  gráfica  con  estímulos  sensoriales


           directamente  aplicados  al  cerebro,  controlaban  la


           reacción electroquímica del jugador para adaptar la


           experiencia  y  eran  capaces  de  generar  emociones


           demasiado tangibles, demasiado reales.


                  ¿Podía  la  sensación  de  desconexión  absoluta


           con la realidad desequilibrar la psique del jugador?


           ¿Los  impactos  emocionales  constantes dañarían  el


           cerebro  a  largo  plazo?  Esas  eran  preguntas



           frecuentes en los medios de comunicación durante


           los  últimos  años,  donde  se  sucedían  los  estudios


           que afirmaban, por  ejemplo,  que  los  jugadores de


           realidad  inducida  generaban  unos  niveles  de


           adrenalina  y  dopamina  equiparables  a  los  de  un


           soldado  tras  enfrentarse  a  un  tiroteo.  Pero  la




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