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Sombras en fuga ‐ Orson Scott Card
nuestros hijos, o los hijos de ellos, quienes sembrarán el
planeta.
—Siempre que yo acceda a hacer todo eso —añadió
Carlotta—. Soy la única que puede ovular.
—Venga —dijo Bean—. Sabes que existe la tecnología
para transformar cualquier célula en un óvulo funcional.
Los varones tienen X e Y. Si te pones terca, pueden llenar
esos vientres con bebés con los que no hayas tenido nada
que ver. Si no quieres tener ningún futuro genético, será
tu elección. Pero, ya los dones o los niegues, no usarás tus
óvulos para manipular a los demás.
Carlotta rompió a llorar, enfurecida.
—¡Así que ya planeáis hacerlo todo sin mí!
Bean estiró una mano, con gran esfuerzo. No se
atrevía a tocarla directamente, por temor a lastimarla. Su
mano era enorme, y el cuerpo de ella, muy pequeño. Pero
Carlotta abrazó esa mano y lloró sobre ella. Estaba
enfadada, pero era su hija.
—Pienso otorgaros a los tres la libertad de escoger
por vuestra cuenta, sin que cada cual dependa del otro.
Pero sería mucho mejor que los tres escogierais seguir
adelante con la colonia. Sin pelear entre vosotros. En aras
de esta maravillosa nueva especie, esta tribu maldita de
semidioses efímeros.
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