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Sombras en fuga ‐ Orson Scott Card
Había media docena de rajos en las cercanías, pero
estaban ocupados arreando a las babosas por una rampa
de metal que subía en suave declive. Uno de ellos reparó
en Cincinnatus y se volvió para enfrentarlo, pero no lo
atacó. Al contrario, regresó y movió la palanca que
cerraba la puerta. Pero Cincinnatus, Carlotta y Ender ya
estaban dentro de la cámara.
No, no era una cámara. Era una caverna. A diferencia
del dormitorio de las obreras fórmicas, este espacio tenía
techos altos. Varios metros, quizá cinco. Aquí el material
orgánico que ya conocían formaba estalagmitas y
estalactitas, pero ahora era esponjoso y elástico, y las
cavidades eran mucho más angostas.
Los rajos empujaron a las babosas rampa arriba, hacia
el medio de la caverna. Allí había una plataforma,
alumbrada por una luz tenue y difusa. Ese espacio era el
centro del recinto.
El tufo empeoraba a medida que se desplazaban por
la rampa, pero poco a poco se acostumbraron. Los cascos
empezaron a limpiar el aire dentro del visor, y eso ayudó
un poco.
Las babosas se adherían a la rampa y los rajos se
aferraban a los bordes. Los zapatos magnéticos permitían
que los niños permanecieran erguidos.
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