Page 21 - A orillas del río Piedra me senté y lloré
P. 21
la propuesta de un amigo a una amiga de la infancia. Quizá él hubiese estado
viajando demasiado tiempo, y empezase a confundir las cosas.
Quizá yo estuviese exagerando.
Él bajó del coche y se sentó a mi lado.
— Me gustaría que fueses a la conferencia esta noche —dijo, una vez
más—. Pero si no puedes, lo comprendo.
Eso era. El mundo había dado una vuelta completa, y regresaba al punto
de origen. No era nada de lo que pensaba: él ya no insistía, ya estaba dispues-
to a dejarme partir. Los hombres enamorados no se comportan de esa manera.
Me sentí aturdida y aliviada al mismo tiempo. Sí, me podía quedar por lo
menos un día. Cenaríamos juntos, y nos embriagaríamos un poco, cosa que
jamás habíamos hecho cuando éramos niños. Era una buena oportunidad para
olvidar las tonterías que había pensado unos minutos antes, una buena oportu-
nidad para romper el hielo que nos había acompañado desde Madrid.
Un día no supondría ninguna diferencia. Por lo menos tendría algo que
contarles a mis amigas.
— Camas separadas —dije, en tono de broma—. Y tú pagas la cena,
porque a esta edad sigo siendo estudiante. No tengo dinero.
Dejamos las maletas en la habitación del hotel, y bajamos y fuimos ca-
minando hasta el local de la conferencia. Llegamos temprano, y nos sentamos
en un café.
— Te quiero dar algo —dijo él, entregándome una bolsita roja.
La abrí inmediatamente. Dentro había una medalla vieja y oxidada, con
Nuestra Señora de las Gracias en un lado y el Sagrado Corazón de Jesús en el
otro.
— Era tuya —dijo al ver mi cara de sorpresa.
Mi corazón empezó de nuevo a dar señales de alarma.
— Un día de otoño como éste, cuando teníamos unos diez años, me
senté contigo en la plaza que tiene el roble grande. Yo quería decir algo que
había ensayado durante semanas. En cuanto comencé, me dijiste que habías
perdido la medalla en la ermita de San Saturio, y me pediste que fuera a bus-
carla.
Yo me acordaba. Dios mío, claro que me acordaba.
— Logré encontrarla —prosiguió—. Pero cuando regresé a la plaza ya
no tenía coraje para decir lo que había ensayado. Entonces me prometí que
sólo te entregaría la medalla cuando pudiese terminar la frase que había co-
menzado a decir aquel día, hace casi veinte años. Durante mucho tiempo inten-
té olvidar, pero la frase seguía presente. No puedo vivir más con ella.

