Page 111 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
inevitable: “México debe ocupar a Texas ahora mismo, o la perderá para siempre ", dice Mier y
Terán, México busca desesperado inmigrantes europeos, pero nada puede detener la fiebre de
Texas, mil familias por mes descienden desde el Mississippí, ¿por qué nos han de gobernar estos
mexicanos cobardes, indolentes, sucios? ¡éste no puede ser el designio de Dios! la victoria pírrica
de El Álamo, la matanza de Goliad: Santa Anna no es Gálvez, prefiere una mala guerra a una
mala paz, aquí están los dos frente afrente en San Jacinto: Houston alto de casi dos metros,
cubierto por sombrero de piel, chaleco de leopardo, tallando pacientemente cualquier pedazo de
madera que se encuentre, Santa Anna con charretera y tricornio, durmiendo la siesta en San
Jacinto mientras México pierde a Texas: Houston lo que está tallando es la futura pata de palo del
pintoresco, frívolo, incompetente dictador mexicano. “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca
de los Estados Unidos" va a decir un día, célebremente, otro dictador, y en voz más baja otro
presidente: “Entre los Estados unidos y México, el desierto”
JOSÉ FRANCISCO Sentado en su Harley—Davidson del lado yanqui del río, José Francisco
vio con fascinación la insólita huelga de brazos, no de brazos caídos, sino de brazos levantados,
del lado mexicano, ofreciendo el músculo de la pobreza, el nervio del insomnio, la sabiduría de la
biblioteca oral de un pueblo que era suyo, dijo con orgullo José Francisco trepado en su moto, la
punta de la bota detenida sobre el acelerador, inseguro si esta vez, por el mitote del otro lado, las
patrullas de ambos no lo iban a detener por estrafalario, con sus greñas hasta los hombros, su
sombrero vaquero, sus escapularios de plata y su saco de sarape, rayado como un arco iris. Su
única credencial creíble era la cara de luna, abierta, lampiña, como un astro sonriente. Aunque
sus dientes perfectos, fuertes, blanquísimos, también eran inquietantes para todos los que no se
parecían a él. ¿Quién no había ido nunca al dentista? José Francisco.
—Tienes que ir al dentista —le decían en la escuela texana.
Iba. Regresaba. Sin una sola carie.
—Este niño es un fenómeno. ¿Por qué no necesita trabajo dental?
Antes José Francisco no sabía qué contestar. Ahora sí.
—Son muchas generaciones comiendo chile, frijol y tortilla. Puro calcio, pura vitamina C. Nunca
un salvavidas de cereza.
Los dientes. El pelo. La moto. Algo sospechoso tenían que encontrarle cada vez, para no
admitir que no era raro, sino distinto, que es diferente. Traía adentro algo diferente pero no podía
estarse sosiego. Traía algo que no podía darse sólo en uno u otro lado de la frontera, sino en
ambos lados. Ésas eran cosas difíciles de entender en los dos lados.
—Lo que es de acá y también de allá. Pero, ¿dónde es acá y dónde allá, no es el lado
mexicano su propio acá y allá, no lo es el lado gringo, no tiene toda tierra su doble invisible, su
sombra ajena que camina a nuestro lado como cada uno de nosotros camina acompañado del
segundo yo que ignora?
Por eso escribía José Francisco, para darle una oportunidad a ese segundo José Francisco
que tenía, por lo visto, su propia frontera interior. Quisiera ser simpático con sí mismo, pero no se
dejaba. Estaba dividido en cuatro.
Quisieron que tuviera miedo de hablar español. Te vamos a castigar si hablas el lingo.
Es cuando él empezó a cantar canciones en español en el recreo, a voz en cuello, hasta
volverlos locos a todos los gringos, profesores y alumnos.
Es cuando nadie le dirigía la palabra y él no se sintió discriminado.
—Me tienen miedo —se dijo, les dijo—. Tienen miedo de dirigirme la palabra.
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