Page 14 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal




                                                         LA PENA

               A Julio Ortega

                  Juan Zamora me ha pedido que cuente este cuento de espaldas. Es decir: él va a estar de
            espaldas al lector todo el tiempo. Dice que siente vergüenza. O como él dice, "estoy apenado". La
            "pena" como sinónimo de "vergüenza" es una particularidad del habla mexicana, igual que decir
            "mayor"  en  vez de "viejos" para no ofender a éstos, o decir "está malito" para suavizar una
            enfermedad mortal. La vergüenza duele; el dolor, a veces, avergüenza.

               De manera que Juan Zamora no les dará la cara a ustedes a lo largo de esta narración. Sólo
            podrán ver su nuca, su espalda. No digo "sus nalgas" porque ya sabemos lo que esto significa en
            México. Darlas. El acto más ruin de cobardía, entrega o cortesanía abyecta. No es el caso de
            Juan Zamora. Usa una sudadera universitaria de esas muy largas, tamaño xxx (Extra Large) que
            al frente trae los blasones de la universidad en cuestión, que se arremangan fácilmente y cuelgan
            hasta los muslos, enfundados en unos jeans. No, Juan Zamora insiste en que les diga que no va a
            darlas. Nada más quiere insistir en su vergüenza igualita a su pena. No culpa a nadie. Es cierto
            que el mundo lo tocó y a él le tocó un mundo.

               Pero al cabo cuanto ocurrió pasó por él y en él. Eso es lo que cuenta.

               Ésta es una historia de la época del auge petrolero en México, fines de los setenta, principios
            de los ochenta. De arranque, eso ya explica parte de la identificación pena—vergüenza de la que
            habla Juan Zamora. Vergüenza porque festejamos el auge como nuevos ricos. Pena porque la
            riqueza fue mal empleada. Vergüenza porque el Presidente dijo que nuestro problema ahora era
            administrar  la  riqueza.  Pena  porque  los amolados siguieron siéndolo. Vergüenza porque nos
            volvimos frívolos, dispendiosos, esclavos de  un capricho vulgar y de una cómica  prepotencia.
            Pena porque no fuimos capaces de administrar ni la vergüenza. Pena y vergüenza  porque  no
            servimos  para ser ricos, sólo nos conviene la pobreza, la dignidad, el esfuerzo... En México
            siempre ha habido gente corrupta, autoritaria y con exceso de poder. Pero todo se les perdona si
            al menos son serios (¿hay una corrupción seria y otra frívola?). La frivolidad es lo insoportable, lo
            imperdonable, la burla a todos los jodidos. De allí la pena y la vergüenza de esos años en que
            fuimos millonarios de temporada para amanecer al poco tiempo quebrados, en la calle, y llorando
            de risa antes de reír de dolor.

               Juan Zamora está pues de espaldas a ustedes. A él le tocó irse a estudiar a Cornell gracias a
            una beca cuando tenía veintitrés años de edad. Era un esforzado estudiante de medicina en la
            Prepa y luego en la UNAM, y él les jura a ustedes que con eso le hubiera bastado si a su madre
            no se le mete en la cabeza que en la época del auge mexicano se necesitaba una temporada de
            postgrado en una universidad yanqui.

               —Tu padre nunca supo aprovecharse. Mira que ser durante veinte años abogado administrador
            de don Leonardo Barroso y morirse sin un quinto partido por la mitad. ¿En qué estaría pensando?
            Ni en ti ni en mí, Juanito, eso tenlo por seguro.

               —¿Qué te decía, mamá?

               —Que la honestidad es recompensa suficiente. Que él era un profesional honrado. Que no iba
            a traicionar al Maestro Mario de la Cueva y a sus demás profesores de la Facultad de Derecho.
            Que a él le inculcaron que la abogacía era una profesión honorable. Que no se podía defender la
            ley  siendo  uno mismo corrupto. Pero si no es nada indebido, Gonzalo, yo le decía a tu papá,
            aceptar un pago por hacer favores o llevar un asunto a la atención del ministro Barroso no es
            ningún crimen. ¡Todos en el gobierno se hacen ricos menos tú!

               —Eso se llama soborno, Lelia. Es un triple engaño, además una mentira. Si el asunto sale,
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