Page 17 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal



                    Si la ciudad de Ithaca es una especie de Averno suburbano, la Universidad de Cornell es su
            Parnaso: un templo rutilante, de colores crema, líneas modernas, casi art deco por momentos, y
            grandes  espacios verdes y luminosos. El campus se comunica, dado lo abrupto del terreno,
            mediante hermosas terracerías y grandes escalinatas. Ambas conducen a dos lugares que fueron
            centros de la vida del estudiante mexicano, Juan Zamora. Uno es la Unión Estudiantil, que trata
            de suplir todas las ausencias de Ithaca: librería y papelería, cine, teatro, ropa, casillas de correo,
            restoranes y espacios de reunión. Moviéndose entre estos espacios, dándonos la espalda, Juan
            Zamora intenta relacionarse. Le llama la atención el extremo desaliño de los estudiantes. Usan
            gorras de beisbol que no se quitan en el interior ni para saludar a las mujeres.  Rara  vez  se
            rasuran por completo. Beben la cerveza empinando la botella sobre los labios. Usan camisetas sin
            mangas, mostrando a todas horas el vello de las axilas. Lucen rasgaduras en las rodillas de sus
            blue jeans y a veces andan con éstos cortados a  la  altura  de  los  muslos,  deshebrándose.  Se
            sientan a comer con las gorras puestas y se llenan las bocas de hamburguesa, papas fritas y todo
            un menú salido de bolsas de plástico. Cuando de veras quieren ser informales, usan la gorra de
            beisbol al revés, con la visera enfriándoles la nuca.

               Un día, un muchacho atlético, rubio, de facciones pellizcadas, se sirvió un platón de espagueti
            y empezó a comerlo con las manos, a puños. Juan Zamora sintió una revulsión incontrolable que
            le cortó el apetito y le obligó, por primera y quizás única vez, a interpelar a un compañero.

               —¡Qué asco! ¿No te enseñaron a comer en tu casa?

               —Claro que me enseñaron. Mis gentes son bien ricas, qué te crees...

               —¿Entonces por qué comes como un animal?

               —Porque ahora soy libre —dijo el güero con la boca llena.

               Juan Zamora no llegó de saco y corbata a Cornell, sino de blue jeans y chamarra, suéter y
            mocasines. Su padre, en vida, se resignó a estas "fachas". —Nosotros íbamos de saco y corbata
            a las clases en San Ildefonso—. Poco a poco, Juan fue alivianando su ajuar, la sudadera, los
            zapatos Keds, pero siempre mantuvo —de espaldas— una corrección mínima. Él pensaba en sus
            padres de otra manera. Entendió que el astroso disfraz de los estudiantes era una manera de
            igualar el origen social, para que nadie preguntara sobre el origen familiar y el estatus económico.
            Todos iguales, igualados por la facha, el uniforme de mezclilla, la gorra de beisbol, los zapatos
            tenis.  Sólo en su refugio —la residencia de la familia Wingate— podía Juan Zamora decir,
            impunemente, con aprobación de todos, incluso impresionándolos: —Mi familia es muy antigua.
            Siempre hemos sido ricos. Tenemos haciendas, caballos, criados. Con el petróleo, simplemente
            viviremos como siempre, pero con más lujo aún. Ojalá que algún día nos visiten en México. A mi
            madre le dará mucho gusto recibirlos y agradecerles sus finas atenciones.

               Y la señora Charlotte suspiraba con admiración. Era la primera señora blanca y platinada a la
            que Juan Zamora veía con delantal.

               —¡Qué bien educados son los aristócratas españoles! Aprende Becky.

               La señora Charlotte nunca llamó "mexicano" a Juan Zamora. Temía ofenderlo.

                  El otro espacio de la vida del estudiante mexicano era la escuela de medicina y sobre todo el
            anfiteatro de líneas griegas, albo y sólido, que coronaba una colina como para que los olores de
            cloroformo  y  formol  no  contaminaran  al  resto del campus. Aquí las modas estrafalarias eran
            sustituidas por el blanco uniforme de la medicina, aunque a veces aparecían piernas velludas y
            casi siempre Keds ennegrecidos en las extremidades del alto batón de clínica.

               Hombres y mujeres, todos de blanco, le daban un aire de comunidad religiosa al edificio. Por
            sus pasillos relucientes pasaban monjes y monjas juveniles. A Juan se le ocurrió que la castidad
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