Page 15 - La Frontera de Cristal
P. 15

Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            parece que fue porque me pagaron para impulsarlo. Si no sale, parezco un ratero. En todo caso,
            engaño al ministro, al país y a mí mismo.

               —Un contratito de obras públicas, Gonzalo, nomás eso te pido que pidas. Te dan tu comisión y
            santas pascuas. Ni quién se entere. Nos podemos comprar con eso una casa en Anzures. Salir de
            la Colonia Santa María. Mandar a Juanito a una universidad gringa. Mira que el muchacho es muy
            buen estudiante y sería una lástima que se desperdiciara entre la chusma de la UNAM.

               Juan nos manda decir que su madre contaba estas cosas con una sonrisa amarga, un rictus
            que su hijo sólo veía, a veces, en los cadáveres que estudiaba en la escuela.

               Tuvo que morirse su padre el licenciado Gonzalo Zamora para que su viuda le pidiera un solo
            favor  a  don  Leonardo  Barroso,  vea  si puede usted darle una beca a Juanito para que estudie
            medicina en los Estados Unidos. Don Leonardo, con gran elegancia, dijo que no faltaba más, lo
            haría de mil amores, es lo menos que se merecía la memoria de Zamorita, un  abogado  tan
            honesto, un funcionario tan cumplido...

                   Voy siguiendo a Juan Zamora, el estudiante mexicano con su sudadera gris, por las tristes
            calles de Ithaca, Nueva York, donde tiene su sede la Universidad de Cornell.  No  sé  qué  cosa
            busca, pues hay muy poco qué ver aquí. La calle central apenas si tiene comercios, dos o tres
            restoranes  muy malos y en seguida las montañas y las barrancas. Juanito se siente, casi, en
            México, en San Juan del Río o Tepeji, esos lugares donde a veces iba de excursión, a respirar el
            aire de los bosques y las barrancas, lejos de la polución capitalina. La barranca de Ithaca es un
            gran tajo hondo y prohibitivo, pero por lo visto también es un abismo seductor. Cornell es famosa
            por la cantidad de suicidios de estudiantes desesperados que se arrojan desde el puente de la
            barranca. El chiste dice que aquí ningún profesor se atreve a reprobar a un mal alumno, por miedo
            a que se aviente a la barranca.

               Sin  mucho  que  ver  en  un domingo aquí, Juan Zamora va a regresar a la casa donde está
            alojado. Es una bella residencia de ladrillo color rosa pálido con tejas de pizarra azul y rodeada de
            una  pelusa  bien  cuidada  que  se  convierte  en grava alrededor de la casa y se prolonga en un
            bosque enmarañado, delgado y sombrío detrás de ella. La hiedra trepa por el ladrillo rosa.

               Las estaciones suplen aquí la falta de encanto de la ciudad. Ahora es el otoño y el bosque se
            desnuda, los árboles de los montes parecen palillos de dientes carbonizados y el cielo desciende
            dos o tres peldaños para comunicarnos a todos el silencio y la pena de Dios ante la muerte
            pasajera del mundo. Pero el invierno en Cornell le devuelve una voz a la naturaleza, que se venga
            de Dios, vistiéndose de blanco, regando polvo  congelado  y  estrellas  de  nieve,  extendiendo
            grandes mantos albos que son como sábanas suntuosas de la tierra, y también una respuesta al
            cielo.  La primavera estalla rápida y agónica en puñados de rosas espléndidas que perfuman y
            dejan una ráfaga de olvidos antes de que el verano se instale pesado, soñoliento, lento  él  a
            cambio  de  la  veloz  primavera,  vagabundo y perezoso verano de aguas estancadas, mosquitos
            traviesos, gran respiración húmeda y montes intensamente verdes.

               La barranca, para todo esto, refleja las estaciones pero también las devora, las desploma y las
            somete a la muerte implacable de la gravedad, abrazo sofocante y final de todas las cosas. Esa
            barranca es el vértigo en el orden de este lugar.

               Hay una fábrica de armas y municiones junto a la barranca, un espantoso edificio de ladrillo
            ennegrecido y chimeneas indecentes, casi una evocación de la fealdad de la noche y la niebla
            nazis.  Las  pistolas  producidas  por la fábrica de Ithaca son las reglamentarias del ejército
            salvadoreño, razón por la cual la oficialidad y los soldados de esa república las llaman "itaquitas".

               Juan Zamora me pide que les cuente todo esto mientras él nos da la espalda  porque  fue
            recibido  como  huésped  en  la residencia de un próspero negociante que en otra época estuvo
            relacionado con la fabricación de armas, pero que ahora prefiere ser consejero de bufetes que
            hacen contratos de defensa entre los fabricantes y el gobierno norteamericano. Tarleton Wingate
                                                           15
   10   11   12   13   14   15   16   17   18   19   20