Page 19 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
joven, moreno, de huesos notables, recortados, su piel de postre, piloncillo, panochita de canela,
café con leche, su mentón suave y firme, su labio inferior grueso, su mirada líquida, negra, que
encuentra la mirada gris avellanada. Juan Zamora ya no está de espaldas. Instintiva,
apasionadamente, nos da la cara, la acerca a los labios del otro, se une en un beso liberador,
completo, que le lava de todas sus inseguridades, de todas sus soledades, de todas sus penas y
vergüenzas. Se besan los dos muchachos para vencer la muerte, si no para siempre, sí ahora, en
este momento, urgidos, temblorosos, ardientes.
Jim era un muchacho de veintidós años, delicado y refinado, serio y estudioso, interesado por
la política y el arte. Por todas estas razones, los otros estudiantes lo llamaban "Lord Jim" y su
cabeza rubia, sus ojos avellanados y su menudez corpórea, iban acompañados de buenos
músculos, buenos huesos, agilidad nerviosa y sobre todo manos agilísimas y dedos largos. Sería
un gran médico —le decía Juan Zamora— pero no por los dedos y las manos, sino por la
vocación. Era un poco —nos manda decir Juan, a pesar de la distancia— como su propio padre
Gonzalo Zamora, un hombre dedicado, de una pieza, aunque no digno de compasión.
Contrastaban los dos hombres jóvenes y se veían bien juntos, el rubio y el moreno. Primero
llamaron la atención en el campus, luego fueron aceptados e incluso admirados por el cariño
obvio que se profesaban y la manera espontánea de su relación. Amorosamente, Juan Zamora se
encontraba a sí mismo finalmente satisfecho, identificado a la vez que sorprendido. Desconocía
en verdad su tendencia homosexual y sentirla revelada de esta manera, con este hombre, tan
plena y apasionadamente, con semejante satisfacción y entendimiento, lo llenó de un tranquilo
orgullo.
Continuaron estudiando y trabajando juntos. Su conversación y su vida tenían un carácter
inmediato, como si el mal de Juan Zamora —el temor de que cada día fuese el último, o por lo
menos el definitorio— se hubiese convertido, gracias a Lord Jim, en su bien. No hubo, durante
varias semanas, ni antes ni después. El goce compartido llenaba los días, impedía la entrada de
otras preocupaciones, de otros tiempos.
Una tarde, trabajando juntos en una autopsia, Jim le preguntó por primera vez a Juan sobre
sus estudios en México. El estudiante mexicano dijo que a él le tocó estudiar en la Ciudad
Universitaria, pero que a veces pasaba por la antigua Escuela de Medicina en la Plaza de Santo
Domingo. Era un edificio colonial muy bello, donde estuvo alojada la Santa Inquisición. Esto le
produjo una risa nerviosa a Lord Jim; era la primera vez que Juan se alejaba de él hasta un
periodo no sólo remoto sino, acaso, prohibido y detestado para el alma anglosajona. Juan
persistió. No hubo mujeres doctoras en México hasta el año 1873 y a la primera de ellas, Matilde
Montoya, sólo se le permitió hacer autopsias en auditorios vacíos y con los cadáveres vestidos.
La risa nerviosa de Jim rompió un poco la tensión, o la distancia (¿eran la misma cosa?) que
esa simple referencia a la Santa Inquisición introdujo en la manera de estar juntos. Era la primera
irrupción de un pasado en una relación que instintivamente los dos muchachos vivían sólo para el
presente. Juan Zamora tuvo una sensación inasible pero desoladora de que en ese momento
también se abría una perspectiva aún más peligrosa, la del futuro. Cubrieron con lentitud el
cadáver de una bella muchacha suicida que nadie reclamó.
Juan Zamora tuvo cuidado de que sus citas de amor con Lord Jim fuesen siempre en la tarde,
para regresar a tiempo a casa de los Wingate, cenar con ellos, ver televisión, hacer comentarios.
Ahora Reagan iniciaba su guerra sucia y secreta contra Nicaragua y esto empezaba a molestar,
sin saber bien por qué, a Juan Zamora. En cambio, Tarleton celebraba la decisión de Reagan de
ponerle un hasta aquí al marxismo en las Américas. Quizás éste era el motivo de la frialdad
creciente de Charlotte y Tarleton Wingate, y de la confusión un tanto cómica de la niña Becky,
quien era despachada a su cuarto cuando llegaba Juan, como si su mera aparición fuese anuncio
de una peste. ¿Tenía Juan Zamora cara de guerrillero y sandinista?
Claro, el estudiante mexicano entendió en seguida que los rumores de su asociación
homosexual habían bajado desde el Parnaso hasta la Suburbia, en una comunidad tan pequeña,
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