Page 16 - La Frontera de Cristal
P. 16
Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
y su familia, en los días en que Juan Zamora llega a vivir con ellos, están entusiasmados por el
triunfo de Ronald Reagan en la campaña contra Jimmy Carter. Ven la televisión todas las noches
y aplauden las decisiones del nuevo presidente, su sonrisa de estrella de cine, su voluntad para
acabar con el exceso de intromisión gubernamental, su optimismo en declarar que vuelve a
amanecer en América, su firmeza en detener los avances del comunismo en Centroamérica.
El jefe de la casa, Tarleton Wingate, es un simpático gigantón con menos arrugas en su fresca
cara juvenil que una vieja silla de montar; su opaca cabellera color arena contrasta con el rubio
platino de su mujer, Charlotte, y con el castaño bruñido rojizo de la niña de la casa, Becky, que
tiene trece años. Cuando los Wingate se sientan todos a ver la televisión, amablemente invitan a
Juan a unirse a ellos. Él no entiende si les apena cuando salen imágenes terribles de la guerra en
El Salvador, monjas asesinadas a la vera del camino, rebeldes asesinados por los batallones
paramilitares, un pueblo entero ametrallado por el ejército al huir cruzando un río...
Juan Zamora le da la espalda a la pantalla y les asegura que en México se aplaude igual que
aquí al presidente Reagan por salvarnos a todos del comunismo. Les dice también que a México
lo que le interesa es crecer y prosperar, como lo prueba la gran explotación del petróleo por el
gobierno de López Portillo.
Los gringos sonríen al oír esto pues creen que la prosperidad inocula contra el comunismo y
Juan Zamora tiene ganas de preguntarle al señor Wingate cómo van sus negocios con el
Pentágono, pero mejor se calla. Lo que insinúa primero y luego declara enfáticamente es que
ellos, los Zamora, se adaptan perfectamente a la nueva riqueza de México porque ellos desde
siempre han tenido tierras, haciendas —la palabra tiene un gran prestigio en los Estados Unidos,
hasta la pronuncian con jota, "jacienda"— y pozos petroleros. Se da cuenta de que los Wingate
ignoran que el petróleo es propiedad del Estado en México y se admiran de cuanto les dice Juan.
Dogmática, aunque inocentemente, creen que la expresión "mundo libre" es idéntica a "libre
empresa".
Ellos lo han recibido con gusto y por tradición. Desde siempre, los estudiantes extranjeros han
sido acogidos con hospitalidad en las casas privadas cercanas a los campus norteamericanos. No
llama la atención que los ricos jóvenes latinoamericanos busquen así una prolongación de sus
hogares y, sobre todo, que de este modo aceleren sus conocimientos del inglés.
—Hay chicos —le asegura Tarleton Wingateque han aprendido inglés pasándose horas delante
de la televisión.
Juntos ven en la pantallita la película de Peter Sellers, Being There, donde el pobre hombre no
sabe más que lo que ha aprendido viendo televisión y por eso mismo pasa por un genio.
Los Wingate le preguntan a Juan Zamora si la televisión en México es buena y él debe
responder con honestidad que no, es aburrida, vulgar, sin libertad y un escritor muy bueno y muy
leído por los jóvenes, Carlos Monsiváis, la llama "la caja idiota". Esto le provoca gran hilaridad a
Becky y dice que lo va a repetir en su clase, the idiot box. No te des aires de intelectual, le dice
Charlotte a su hija, cabecita de huevo, le dice sonriendo mesándole el pelo y la bruñida pelirroja
protesta, no me revuelvas el peinado, voy a tener que arreglarme otra vez antes de salir de niñera
esa noche y Juan Zamora se asombra de que los niños gringos trabajen todos desde chiquitos, de
niñeros, repartiendo periódicos o vendiendo limonada en el verano. —Es para inculcarles la ética
de trabajo protestante —dice con solemnidad Mr. Wingate. ¿Y él? ¿Cómo es posible que haya
crecido sin televisión?, le pregunta Becky. Juan Zamora sabe muy bien lo que dice. Ser rico y
aristocrático en México es cuestión de tierras, haciendas, peones, un estilo de vida elegante,
caballos, andar vestido de charro, tener muchos criados, eso es ser gente pudiente en México. No
ver la televisión. Y como sus anfitriones tienen exactamente la misma idea en sus cabezas, la
entienden, la alaban, la envidian y Becky sale a ganarse cinco dólares como niñera, la señora
Charlotte se pone el delantal y va a asear la cocina y el señor Tarleton se queda leyendo con
profundo sentido de la obligación el best seller número uno en la lista del New York Times, una
novela de espionaje que, de paso, le confirma en su obsesiva paranoia acerca del peligro rojo.
16

