Page 65 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal




                                                       LAS AMIGAS

               A mi hermana Berta


               ¡Diles que no estoy aquí! ¡Diles que no quiero verlos! ¡Diles que no quiero ver a nadie!

               Un día, nadie más llegó a visitar a Miss Amy Dunbar. Los criados, que siempre duraron poco
            en  el  servicio  de  la  anciana, también dejaron de presentarse. Se corrió la voz sobre el difícil
            carácter de la señorita, su racismo, sus insultos.

               —Siempre habrá alguien cuya necesidad de empleo sea más fuerte que su orgullo.

               No fue así. La raza negra, toda ella, se puso de acuerdo, a los ojos de Miss Amy, para negarle
            servicio. La última sirvienta, una muchachita de quince años llamada Betsabé, se pasó el mes en
            casa de Miss Dunbar llorando. Cada vez que atendía el llamado a la puerta, los cada vez más
            raros visitantes primero miraban a la muchacha bañada en lágrimas e invariablemente, detrás de
            ella, escuchaban la voz quebrada pero ácida de la anciana.

               —¡Diles que no estoy! ¡Diles que no me interesa verlos!

               Los sobrinos de Miss Amy Dunbar sabían que la vieja jamás saldría  de  su  casa  en  los
            suburbios de Chicago. Dijo que una migración en la vida bastaba, cuando dejó la casa familiar en
            Nueva Orleans y se vino al norte a vivir con su marido. De la casa de piedra frente  al  lago
            Michigan, rodeada de bosques, sólo la sacarían muerta.

               —Falta poco —le decía al sobrino encargado de atender pagos, asuntos legales y otras cosas
            grandes y pequeñas que escapaban por completo a la atención de la viejecilla.

               Lo que no se le escapaba era el mínimo suspiro de alivio de su pariente, imaginándola muerta.

               Ella no se ofendía. Invariablemente, contestaba: —Lo malo es que estoy acostumbrada a vivir.
            Se me ha convertido en hábito —decía riendo, enseñando esos dientes de yegua que con la edad
            les van saliendo a las mujeres anglosajonas, aunque ella sólo lo  era  a  medias,  hija  de  un
            comerciante  yanqui  instalado en la Luisiana para enseñarles a los lánguidos sureños a hacer
            negocios, y de una delicada dama de ya lejano origen francés, Lucy Ney. Miss Amy decía que era
            pariente del mariscal de Bonaparte. Ella se llamaba Amelia Ney Dunbar. Amy, Miss Amy, llamada
            señorita como todas las señoras bien de la ciudad del Delta, con derecho a ambos tratos, el de la
            madurez matrimonial y el de una doble infancia, niñas a los quince y otra vez a los ochenta...

               —No insisto en que vaya usted a una casa para gente de la tercera edad —le explicaba el
            sobrino, un abogado empeñado en adornarse con todos los atributos de vestimenta de la que él
            imaginaba la elegancia de su profesión: camisas azules con cuello blanco, corbata roja, trajes de
            Brooks Brothers, zapatos con agujetas, jamás mocasines en días de trabajo, God forbid!—, pero
            si se va a quedar a vivir en este caserón, tiene necesidad de ayuda doméstica.

               Miss Amy estuvo a punto de decir una insolencia, pero se mordió la lengua.

               Enseñó, inclusive, la punta blanquecina. —Ojalá haga un esfuerzo por retener a sus criados,
            tía. La casa es muy grande.

               —Es que todos se marcharon.

               —Harían falta por lo menos cuatro sirvientes para atenderla como en los viejos tiempos.

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