Page 69 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
—Sí —sonrió Josefina—. Para alegrar la casa. Dijo usted que olía a mustio, encerrado.
—¡Y ahora huele a muerto! ¿Qué burla es esta? —gritó agresivamente Miss Amy, pensando en
el retrato de su marido escondido en el cajón, en las canicas de cristal desordenadas: ella hacía
esas cosas, no las criadas, ella se ofendía a sí misma para ofender a las criadas, ninguna criada
podía tomar iniciativas—. Retira inmediatamente tus flores.
—Como usted diga, señorita.
—Y dime, ¿con qué las compraste?
—Con mi sueldo, señorita.
—¿Gastas tu sueldo en flores?
—Son para usted. Para la casa.
—Pero la casa es mía, no es tuya, ¿qué te crees? ¿Estás segura de que no te las robaste?
¿No va a venir la policía a averiguar de dónde te robaste las flores?
—No. Tengo un recibo del florista, señorita.
Josefina se retiraba, dejando un olor a hierbabuena y cilantro que la sirvienta hacía emanar
desde la cocina, tomando al pie de la letra la queja de su ama: aquí huele a encerrado, y Miss
Amy, insegura sobre cómo atacar a la nueva empleada, imaginó por un momento que podía
rebajarse a una indignidad: espiarla, algo que nunca había hecho con las anteriores sirvientas,
convencida de que hacerlo era darles armas a ellas... Era su más grande tentación, se lo admitía
a sí misma, entrar a escondidas al cuarto de la criada, escudriñar entre sus posesiones, acaso
descubrir un secreto. Se hubiese delatado a sí misma, habría perdido su propia autoridad, que era
la autoridad del prejuicio, la falta de pruebas, la irracionalidad: eran otros los que le contaban, el
cuarto era una pocilga, vino el plomero y hubo que destapar el excusado retacado de porquería,
qué se puede esperar de una negra, de una mexicana...
Cuando no tenía el pretexto del plomero, echaba mano de su sobrino Archibaldo.
—Mi sobrino me ha informado que nunca haces tu propia cama.
—Que la haga él si se mete en ella a cogerme —dijo una joven negra respondona y se fue sin
decir adiós.
A Josefina, Miss Amy quería atraerla hacia su propio territorio, la sala, el comedor, la recámara,
obligarla a revelarse— allí, a cometer una grave falta allí, a verse allí en la recámara después del
desayuno, en el ornamentado espejo de mano que súbitamente Miss Amy volteó para dejar de
reflejarse ella y obligar a Josefina a mirarse en él.
—¿Te gustaría ser blanca, no es cierto? —dijo abruptamente Miss Amy.
—En México hay muchos güeritos ——dijo impasible Josefina, sin bajar la mirada. —¿Muchos
qué?
—Gente rubia, señorita. Igual que aquí hay muchos negritos. Todos somos hijos de Dios guiso
concluir con sencillez y verdad, sin sonar respondona.
—¿Sabes por qué estoy convencida que Jesús me ama? —dijo Miss Amy subiéndose las
cobijas hasta el mentón, como si quisiera negar su propio cuerpo y aparecer como uno de esos
querubes que son sólo rostro y alas.
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