Page 70 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


               —Porque es usted muy buena, señorita.

               —No, estúpida, porque me hizo blanca, ésa es la prueba de que Dios me quiere.

               —Como usted mande, señorita.

               ¿Nunca  iba  a  responderle  la  mexicana? ¿Nunca se iba a enfadar con ella? ¿Nunca iba a
            contra—atacar? ¿Así pensaba rendir a Miss Amy, no enojándose nunca?

               Todo lo esperaba, por eso, menos que Josefina contra—atacara ella misma, esa misma noche
            después de la cena, cuando Miss Amy miraba un programa sólo de noticias para convencerse de
            que el mundo no tenía remedio.

               —Guardé el retrato de su marido en el cajón, como le gusta a usted ponerlo — dijo Josefina y
            Miss Amy se quedó con la boca abierta, indiferente a los comentarios de Dan Rather sobre la
            situación del universo.

               —¿Qué tiene en su recámara? —le preguntó a su sobrino Archibald al día siguiente—. ¿Cómo
            la adorna?

               —Como todas las mexicanas, tía. Estampas de los santos, imágenes de Cristo y la Virgen, un
            viejo ex voto dando gracias, qué sé yo.

               —La idolatría. El papismo sacrílego.

               —Así es, y nada lo va a cambiar dijo Archibald, tratando de contagiarle un poco de resignación
            a Miss Amy—.

               —¿No te parece repugnante?

               —A  ella les parecen repugnantes nuestras iglesias vacías, sin decorado, puritanas ——dijo
            Archibald relamiéndose por dentro de la excitación que le causaba acostarse en Pilsen con una
            muchacha  mexicana que cubría con un pañuelo la imagen de la virgen para que no los viera
            coger. Pero dejaba prendidas las veladoras, el cuerpo canela de la chica reverberaba precioso...
            Era inútil pedirle tolerancia a Miss Amy.

               —¿Dónde está, por cierto, la foto de su marido, tía Amelia? —dijo con cierta sorna Archibald
            pero la señorita se hizo la desentendida, como si previera que al día siguiente no podía contarle a
            Archibald que la criada le había escondido el retrato, aunque Miss Amy  previese  lo  que  iba  a
            ocurrir.

               —¿Qué te parece mi marido? —le dijo a Josefina, sacando el retrato del cajón para colocarlo
            en la mesita.

               —Muy guapo, señorita, muy distinguido.

               —Mientes, hipócrita. Míralo bien. Estuvo en Normandía. Mírale la cicatriz que le atraviesa la
            cara como un rayo parte en dos un cielo tormentoso.

               —¿No tiene usted fotos de antes de que lo hirieran, señorita?

               —¿Tú tienes estampas de Cristo en la cruz sin heridas, sin sangre, clavado, muerto, coronado
            de espinas?

               —Sí como no, tengo estampas del Sagrado Corazón y del Niño Jesús, muy chulas. ¿Quiere
            verlas?

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