Page 66 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
—No. Aquellos eran los tiempos jóvenes. Éstos son los viejos tiempos, Archibald. Y no fueron
los criados los que se marcharon. Se fue la familia. Me dejaron sola.
—Muy bien, tía. Tiene usted razón.
—Como siempre.
Archibald asintió.
—Hemos encontrado una señora mexicana dispuesta a trabajar con usted.
—Tienen fama de holgazanes.
—No es cierto. Es un estereotipo.
—Te prohíbo que toques mis clichés, sobrino. Son el escudo de mis prejuicios. Y los prejuicios,
como la palabra lo indica, son necesarios para tener juicios. Buen juicio, Archibald, buen juicio.
Mis convicciones son definidas, arraigadas e inconmovibles. Nadie me las va a cambiar a estas
alturas.
Se permitió un respiro hondo y un poco lúgubre.
—Los mexicanos son holgazanes.
—Haga una prueba. Es gente servicial, acostumbrada a obedecer.
—Tú también tienes tus prejuicios, ya ves— rió un poquito Miss Amy, acomodándose el pelo
tan blanco y tan viejo que se estaba volviendo amarillo, como los papeles abandonados durante
mucho tiempo a las inclemencias de la luz. Como un periódico, se decía el sobrino Archibald, toda
ella se ha vuelto como un periódico antiguo, amarillento, arrugado, lleno de noticias que no le
interesan ya a nadie...
El sobrino Archibald iba muy seguido al barrio mexicano de Chicago porque su bufete defendía
muchos casos de comerciantes, naturalizaciones, gente sin tarjeta verde, los mil asuntos
relacionados con la migración y el trabajo llegados del sur de la frontera... Iba, además, porque
permanecía soltero a los cuarenta y dos años, convencido de que antes de casarse tenía que
beber hasta las heces la copa de la vida, sin ataduras de familia, hijos, mujer... Por ser Chicago
una ciudad donde se cruzaban tantas culturas, el singular sobrino de Miss Amy Dunbar iba
escogiendo sus novias por zonas étnicas. Ya había agotado los barrios ucraniano, polaco, chino,
húngaro y lituano. Ahora la feliz conjunción de su trabajo y su curiosidad amatoria lo habían traído
a Pilsen, el barrio mexicano con nombre checo, el nombre de la ciudad cervecera de la Bohemia.
Los checos se habían ido y los mexicanos lo fueron ocupando poco a poco, llenándolo de
mercados, loncherías, música, colores, centros culturales y, desde luego, cerveza tan buena como
la de Pilsen.
Muchos vinieron a trabajar a las empacadoras, algunos documentados, otros no, pero todos
sumamente apreciados por su gran habilidad manual en cortar y empacar la carne. El abogado,
sobrino de Miss Amy, se hizo novio de una de las muchachas de la gran familia formada por los
trabajadores, casi todos provenientes de Guerrero, todos ellos ligados entre sí por parentesco,
afecto, solidaridad y a veces nombres compartidos.
Se ayudaban mucho, eran como una gran familia, organizaban fiestas y como todas las
familias, reñían. Una noche, hubo pleitos y dos muertos. La policía no se anduvo por las ramas.
Los asesinos eran cuatro, uno de ellos se llamaba Pérez, tomaron a cuatro Pérez, los acusaron,
ellos casi no hablaban inglés, no se pudieron explicar, no entendieron las acusaciones, y uno de
ellos, al que Archibald fue a visitar a la cárcel, le explicó que la acusación era injusta, se basaba
en testimonios falsos para proteger a los verdaderos asesinos, se trataba de entambar cuanto
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