Page 68 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            y  las  demás  ayer:  el  cojincito para los pies, mi manta escocesa para las rodillas, el té de los
            viernes debe ser Lapsang Souchung, no Earl Grey, cuántas veces debo...: a ver, quién te ordenó
            mover mis canicas de vidrio, quién pudo moverlas sino tú, tarada, incapaz, indolente como todas
            las  negras  que  he  conocido,  ¿dónde está la fotografía de mi marido que anoche estaba en la
            mesita?, ¿quién la metió en este cajón?, no fui yo, y aquí no hay otra ¿persona? más que tú,
            distraída, inservible, haz algo por merecer tu sueldo, ¿nunca has trabajado seriamente un solo día
            de tu vida?, qué digo, ningún negro ha hecho nunca nada sino vivir del trabajo de los blancos...

               Espiaba por el rabo del ojo a la nueva criada mexicana. ¿Le diría lo mismo que a la frágil y
            llorosa Betsabé, o tendría que inventar un nuevo repertorio de insultos que hiriesen a Josefina?
            ¿También a Josefina le escondería el retrato del marido en un cajón para luego poder acusarla?
            ¿Seguiría Miss Amy desarreglando su colección de canicas de cristal para culpar a la criada? La
            espiaba. Se relamía. Preparaba su ofensiva. A ver cuánto duraba esta mujer gorda pero maciza,
            aunque con un rostro muy delicado, de finas facciones que más parecían árabes que indígenas,
            una mujer color ceniza con ojos líquidos, muy negros pero con la córnea muy amarilla.

               Por su parte, Josefina decidió tres cosas. La primera, agradecer el hecho de tener un trabajo y
            bendecir cada dólar que le entraba para la defensa de su marido Luis María. La segunda, cumplir
            al pie de la letra las instrucciones del abogado don Archibaldo sobre cómo atender a su tía. Y la
            tercera, correr el riesgo de hacerse su propia vida dentro del caserón frente al lago. Ésta era la
            decisión más peligrosa y la que Josefina, lo admitía, no podía evitar para hacer vivible la vida.
            Flores, por ejemplo. Le hacían falta flores a la casa. En su cuartito de sirvienta, iba renovando las
            violetas y los pensamientos que siempre había tenido sobre su cómoda, junto con las veladoras y
            las estampas que la acompañaban más que cualquier ser humano, salvo Luis  María.  Para
            Josefina, había una relación muy misteriosa pero creíble entre la vida de las imágenes y la vida de
            las  flores.  ¿Quién negaba que aunque no hablasen, las flores vivían, respiraban y un día se
            marchitaban, se morían? Pues las imágenes de Nuestro Señor en la cruz, del Sagrado Corazón,
            de la virgen de Guadalupe, eran como las flores, aunque no hablasen, vivían,  respiraban,  y  a
            diferencia de las flores, no se marchitaban. La vida de las flores, la vida de las imágenes. Para
            Josefina  eran  dos  cosas  inseparables  y  en  nombre de su fe le daba a las flores la vida táctil,
            perfumada, sensual, que le hubiese gustado darle, también, a las estampas.

               —Esta casa huele a viejo —exclamó una noche mientras cenaba Miss Amy—. Huele a
            guardado, a falta de aire, a musgo. Quiero oler algo bonito —dijo dirigiéndose ofensivamente a
            Josefina, buscando un olor de cocina mientras la sirvienta le colocaba los platos y le servía la
            sopa de verduras, mirando intensamente las axilas de Josefina para ver si olía algo feo, si veía
            una mancha reprobable, pero la sirvienta era limpia, Miss Amy escuchaba todas las noches el
            agua corriendo, el baño puntual antes de acostarse en la recámara de la  servidumbre;  sentía
            ganas, más bien, de acusarla por gastar agua, temió que Josefina se riera de ella, señalara hacia
            el lago inmenso como un mar interior...

               Por eso Josefina puso un ramo de nardos en la sala donde a Miss Amy jamás se le había
            ocurrido  adornar  con flores. Cuando la anciana señorita entró a ver su televisión vespertina
            después de comer, primero husmeó como un animal sorprendido por la presencia enemiga, luego
            fijó la mirada en los nardos, por fin exclamó con rabia concentrada: —¿Quién me ha llenado la
            casa de flores para los muertos?

               —No, son flores frescas, están vivas —acertó a decir Josefina.

               —¿De dónde las sacaste? —gruñó Miss Amy—. ¡Apuesto a que las robaste! ¡Aquí no se tocan
            los prados! ¡Aquí hay algo que se llama la propiedad privada!, ¿capische?

               —Las compré dijo simplemente Josefina.

               —¿Las compraste? —repitió Miss Amy, por una vez en su vida despojada de  razones,  de
            palabras.

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