Page 67 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            antes a los sospechosos y cerrar el expediente, ellos no se sabían defender. Archibald tomó el
            caso y así conoció a la mujer del acusado que el sobrino visitó en la cárcel.

               Se llamaba Josefina, se acababan de casar, ya era tiempo, tenían cuarenta años cada uno,
            Josefina hablaba inglés porque descendía de un trabajador del acero, Fortunato Ayala, que la tuvo
            y abandonó en Chicago, pero estaba en México cuando ocurrieron los hechos y no pudo socorrer
            a su marido.

               —Puede aprender inglés en la cárcel —sugirió Archibald.

               —Sí —Lijo sin afirmar en verdad Josefina—. Pero sobre todo, quiere aprender a defenderse.
            Quiere aprender inglés y quiere ser abogado. ¿Puede usted hacerlo abogado?

               —Puedo darle clases, cómo no. ¿Y tú, Josefina?

               —Necesito un trabajo para pagarle a usted las clases de abogado.

               —No hace falta.

               —Sí. A mí me hace falta. Es mi culpa que Luis María esté en la cárcel. Debí estar a su lado
            cuando pasaron las cosas. Yo sí hablo inglés.

               —Veré qué puedo hacer. De todos modos, vamos a pelear por salvar a tu marido. Entre tanto,
            en  la cárcel tienen derecho a estudiar, a ocuparse. Yo dirigiré sus estudios. Pero, ¿por qué
            delataron injustamente unos mexicanos a otros?

               —Los que llegan primero no quieren a los que vienen detrás. A veces, somos injustos entre
            nosotros mismos. No nos basta que otros nos maltraten.

               —Creí que eran como una gran familia.

               —En las familias ocurren las peores cosas, señor.

               Al  principio,  Miss  Amy  ni  siquiera le dirigía la mirada a Josefina. La vio la primera vez y
            confirmó todas sus sospechas. Era una india. No entendía por qué esta gente que en nada se
            diferenciaba  de  los  iroquois  insistía  en llamarse "latina" o "hispana". Tenía una virtud. Era
            silenciosa. Entraba y salía de la recámara de la señora como un fantasma, como si no tuviera
            pies. El rumor de las faldas y delantales de la sirvienta podía confundirse con el de las cortinas
            cuando soplaba la brisa del lago. Ahora se iniciaba el otoño y Miss Amy pronto  cerraría  las
            ventanas. Le gustaba el verano, el calor, la memoria de su ciudad natal, tan francesa...

               —No tía —decía el sobrino cuando quería contrariarla—. La arquitectura de Nueva Orleáns es
            toda española, no francesa. Los españoles estuvieron allí casi un siglo y ellos  le  dieron  la
            fisonomía a la ciudad. La parte francesa es un barniz para turistas.

               —Taissez vous —le decía con fría indignación la tía, sospechando que Archibald andaba, esta
            vez, metido con latina o hispana o como se llamaran a sí mismos estos comanches que habían
            llegado demasiado al norte.

               Josefina conocía su rutina —Archibald se la explicó detalladamente— y abría las cortinas de la
            recámara a las ocho de la mañana, tenía listo el desayuno en una mesita, regresaba a las doce
            para hacer la cama, la señora insistía en vestirse sola, Josefina se iba a cocinar, Miss Amy bajaba
            a comer un almuerzo solitario, espartano, de lechugas y rábanos con queso cottage y en la tarde
            se sentaba frente a la televisión de su sala y  daba  rienda  suelta  a  su  perversa  energía,
            comentando todo lo que veía con sarcasmo,  insultos,  desprecios  a  negros,  judíos,  italianos,
            mexicanos, todo ello en voz alta, la oyesen o no, pero alternando sus desagradables comentarios
            paralelos a la imagen de la tele con órdenes súbitas, inesperadas, a Josefina hoy como a Betsabé
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