Page 75 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


               —No, de verdad, renuncio con tal de que me oiga usted y oiga la verdad.

               —Tu padre fue un cobarde. No dio el paso. No me pidió a tiempo. Me humilló. Me hizo esperar
            demasiado. No tuve más remedio que escoger a tu tío.

               —Es que usted nunca le demostró cariño a mi padre.

               —¿Él lo esperaba?

               —Sí. Me lo dijo varias veces. Si Amy hubiese demostrado que me quería, yo hubiese dado el
            paso. —¿Por qué, por qué no lo hizo? —se quebró la voz, el ánimo de la anciana—. ¿Por qué no
            me demostró que él me quería?

               —Porque estaba convencido de que usted en realidad no quería a nadie. Por eso necesitaba
            que usted primero le diera una prueba de cariño.

               —¿Quieres decirme que mi vida ha sido un solo gran malentendido?

               —No, no hubo malentendido. Mi padre se convenció de que había hecho bien en no pedirle
            matrimonio, tía Amelia. Me dijo que el tiempo le dio la razón. Usted no ha querido nunca a nadie.

               Esa  tarde,  cuando  Josefina  le trajo el té, Miss Amy le dijo sin mirarla a los ojos que sentía
            mucho lo que había ocurrido. Josefina tomó esta actitud inédita con tranquilidad.

               —No se preocupe, señorita. Usted es la dueña de la casa. Faltaba más.

               —No, no me refiero a eso. Hablo de tu marido. —Bueno, no es la primera vez que la justicia no
            nos cumple.

               —¿Qué vas a hacer?

               —¿Cómo, señorita? ¿No lo sabe usted?

               —No. Dime, Josefina.

               Entonces  sí  Josefina  levantó  la  mirada  y  la fijó en los ojos apagados de Miss Amy Dunbar,
            encandilándola como si los de Josefina fuesen dos cirios y le dijo a su ama que ella iba a seguir
            luchando, cuando ella escogió a Luis María fue para siempre, para todo, lo bueno y lo malo; ya
            sabía que eso lo decían en los sermones, pero en su caso era verdad, pasaban los años, las
            amarguras eran más grandes que las alegrías, pero por eso mismo el amor iba haciéndose cada
            vez más grande, más seguro, Luis María podía pasarse la vida en la cárcel sin dudar ni un solo
            segundo que ella lo quería no sólo como si vivieran juntos como al principio, sino mucho más,
            cada vez más, señorita, ¿me entiende usted?, sin pena, sin malicia, sin juegos inútiles, sin orgullo,
            sin soberbia, entregados él a mí, yo a él...

               —¿Me deja confesarle una cosa señorita Amalia, no se enoja conmigo? Mi marido tiene manos
            fuertes, finas, hermosas. Nació para cortar finamente la carne. Tiene un  tacto  maravilloso.
            Siempre atina. Sus manos son morenas y fuertes y yo no puedo vivir sin ellas.

               Esa noche, Miss Amy le pidió a Josefina que la ayudara a desvestirse y a ponerse el camisón.
            Iba a usar el de lana; empezaba a sentirse el aire de otoño. La criada la ayudó a meterse en la
            cama. La arropó como a una niña. Le acomodó las almohadas y estaba a punto de retirarse y
            desearle buenas noches cuando las dos manos tensas y antiguas de Miss Amalia Ney Dunbar
            tomaron las manos fuertes y carnosas de Josefina. Miss Amy se llevó las manos de la criada a los
            labios,  las  besó  y Josefina abrazó el cuerpo casi transparente de Miss Amy, un abrazo que
            aunque nunca se repitiese, duraría una eternidad.

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