Page 72 - La Frontera de Cristal
P. 72

Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


               —Juchitán es nuestro pueblo, en Tehuantepec. Mi madre también salía a lucir sus joyas los
            días de fiesta.

               —¿Joyas?  ¿Tu  madre? —dijo cada vez más confusa Miss Amy, ¿de qué le hablaba la
            sirvienta?, ¿quién se creía, era una mitómana o qué?

               —Sí. Los adornos pasan de madres a hijas, señorita, y nadie se atreve a venderlas. Vienen de
            muy lejos. Son sagradas.

               —¿Quieres decirme que podrías vivir como una gran dama en tu hoochy—town y en vez estás
            aquí limpiando mis excusados? —dijo con ferocidad renovada Miss Amy.

               —No, las usaría para pagar abogados. Pero como le digo, las joyas de cada familia juchiteca
            son sagradas, son para los días de fiesta, pasan de madres a hijas. Es muy bonito.

               —Pues las han de usar todo el tiempo, porque tengo entendido que ustedes se la pasan de
            fiesta, el año entero, que el santo tal y la mártir cual... ¿Por qué hay tantos santos en México?

               —¿Por qué hay tantos millonarios en los Estados Unidos? Dios sabe cómo reparte las cosas,
            señorita.

               —¿Dices que necesitas pagarle a abogados? ¿No me digas  que  el  idiota  de  mi  sobrino  te
            ayuda?

               —El señor Archibaldo es muy generoso.

               —¿Generoso?  ¿Con  mi dinero? No tiene sino lo que yo le voy a heredar. Que no haga
            caravanas con sombrero ajeno.

               —No, no nos da dinero, señorita, eso no. Le enseña derecho a mi marido, para que mi marido
            se haga abogado y pueda defenderse y defender a sus compañeros.

               —¿Dónde está tu marido? ¿De qué se tiene que defender?

               —Está en la cárcel, señorita. Fue injustamente acusado...

               —Eso dicen todos —hizo su mueca de burla Miss Amy.

               —No, de a de veras: en la cárcel los prisioneros pueden escoger una ocupación. Mi marido
            decidió estudiar leyes para defenderse y defender a sus amigos. No quiere que lo defienda don
            Archibaldo. Quiere defenderse él mismo. Ése es su orgullo, señorita. Don Archibaldo nomás le da
            clases.

               —¿Gratis? —hizo un guiño feroz, involuntario, la vieja.

               —No: por eso trabajo aquí. Le pago con mi sueldo.

               —Es decir, le pago yo. Vaya burla.

               —No se enoje, señorita, se lo ruego, no se altere. Yo no soy muy lista, no sé guardarme las
            cosas. Le hablo a usted sin mentiras. Perdóneme.

               Salió y Miss Amy se quedó conjeturando en qué podían parecerse las razones de la congoja de
            su criada Josefina con las de ella misma, evocadas con tan poca delicadeza por su sobrino unos
            días antes... ¿Qué tenía que ver un caso criminal entre mexicanos inmigrados con un caso de
            amor perdido, de ocasión frustrada?

                                                           72
   67   68   69   70   71   72   73   74   75   76   77