Page 71 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
—Tráemelas un día —sonrió burlona Miss Amy.
—Sólo si usted me promete mostrarme a su marido cuando era joven y guapo —sonrió muy
cariñosa Josefina.
—Impertinente —alcanzó a murmurar Miss Amy cuando la criada salió con la charola de té.
Se equivocó la mexicana, casi cacareó de gusto Miss Amy cuando volvió a ver a Archibald, se
equivocó la idólatra, al día siguiente de la conversación sobre Cristo y el marido herido, le trajo a
la señorita el desayuno como de costumbre, le puso la mesita en la cama, sobre el regazo, y en
vez de retirarse como siempre, le acomodó las almohadas y le tocó la cabeza, le acarició la frente
a la señora.
—¡No me toques! —gritó histérica Miss Amy—. ¡No te atrevas nunca a tocarme! —gritó de
nuevo, volteando la mesita del desayuno, mojando las sábanas de té, tirando los croissants y la
jalea sobre las cobijas...
—No la juzgue mal, tía Amy. Josefina tiene penas, igual que usted. Es posible que quiera
compartirlas.
—¿Penas yo? —levantó las cejas Miss Amy Dunbar hasta el nacimiento de su pelo arreglado
esa tarde para darle un aire juvenil, renovado. Una blanca interrogante inadvertida adornaba su
frente, así: ¿ —Sabe bien de lo que le hablo. Yo pude ser hijo suyo, tía Amy. Fue un accidente
que en vez acabara siendo su sobrino.
—No tienes derecho, Archibald —salió la voz sofocada de Miss Amy, como si hablara detrás de
un pañuelo—. Nunca repitas eso, o te vedaré la entrada a mi casa.
—Josefina también tiene penas. Por eso la acarició a usted ayer en la mañana.
¿Logró Archibald lo que buscaba? Miss Amy se dio cuenta de la intención maquiavélica de su
sobrino, y en la jerga popular inglesa Maquiavelo era el Diablo, el mismísimo Old Nick de las
leyendas. Esto lo sabía Miss Amy porque de adolescente hizo una parte en El Judío de Malta de
Marlowe, y el primero que toma la palabra es Niccoló Machiavelli, convertido en el Demonio, Old
Nick. Empezó a ver a su sobrino con cuernos y un largo rabo.
Se sentó con la ventana abierta sobre el parque. Josefina entró con el té pero Miss Amy no
volteó a mirarla. Era el principio del otoño, la más bella temporada en el lago de inviernos
prolongados y vientos de puñal, brevísimas primaveras de insolente coquetería, y veranos cuando
no se movía una hoja y la humedad ambiente era idéntica al rojo encendido de los termómetros.
Miss Amy pensó que su jardín, por acostumbrada que estuviese a él, era un jardín olvidado.
Una alameda de cedros conducía hasta la puerta de entrada y la vista del lago que comenzaba a
encresparse. Ésta era la belleza del otoño, nostálgicamente mezclada siempre, en los ojos de la
señorita Dunbar, con la precisa aparición de los retoños del maple en primavera. Sin embargo, su
jardín presente era un jardín perdido y esta tarde, sin proponérselo de verdad, un poco sin darse
cuenta de lo que decía, convencida de que lo había dicho siempre así, para sí misma, pero
enunciando claramente las palabras, no para su criada, que sólo por casualidad estaba detenida
detrás de ella con una bandeja de té entre las manos, no, sino como algo que decía, o hubiese
dicho, de todas maneras, por más sola que estuviese, dijo que en la Nueva Orleans su madre se
aparecía en el balcón los días de fiesta con todas sus joyas puestas, para que la ciudad entera la
admirara al pasar...
—Es igual en Juchitán...
—Hoochy—what?
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