Page 73 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


               —¿Cómo te está resultando Josefina? —le preguntó Archibald la próxima vez que se vieron.

               —Por lo menos, es puntual.

               —Ya ve usted, no todos sus estereotipos funcionan.

               —Dime si su cuarto está muy desarreglado con todos esos ídolos y santos.

               —No, lo tiene limpiecito como un alfiler.

               Cuando Josefina le trajo el té esa tarde, Miss Amy le sonrió y le dijo que pronto comenzaría el
            otoño y luego el frío. ¿No quería Josefina aprovechar los últimos días del verano para dar una
            fiesta?

               —Para que veas, Josefina, hace días me dijiste que en tu país hay muchas fiestas. ¿No se
            acerca algo que quieras celebrar?

               —Yo lo único que puedo festejar es que declaren inocente a mi marido.

               —Pero eso puede tardar mucho. No. Lo que yo te ofrezco  es  que  des  una  fiesta  para  tus
            amigos en la parte de atrás del jardín, donde están los emparrados...

               —Si a usted le parece bien...

               —Sí, Josefina, ya te dije que esta casa huele a encierro. Sé que ustedes son muy alegres.
            Invita a un pequeño grupo. Yo pasaré a saludarlos, desde luego.

               El día de la fiesta primero los estuvo espiando desde el vestidor del segundo piso. Josefina,
            con autorización de Miss Amy, había dispuesto una larga mesa bajo el emparrado. La casa se
            llenó  de  olores  insólitos  y  ahora  Miss Amy vio el desfile de platones de barro colmados de
            alimentos indescifrables, todos mezclados, ahogados en salsas espesas, canastitas con tortillas,
            jarras de aguas color magenta, color almendra...

               Fueron llegando y ella los miró intensamente desde su escondite. Algunos iban vestidos como
            todos los días, eso se notaba, otros y sobre todo, otras, habían sacado sus mejores ajuares para
            la ocasión tan especial. Había chamarras y playeras, también sacos y corbatas. Había mujeres
            con pantalones y otras con trajes de satín. Había niños. Había mucha gente.

               Había otra gente. Miss Amy trató de penetrar con su inteligencia los ojos negros, las carnes
            oscuras, las sonrisas anchas de los amigos de su criada, los mexicanos. Eran  impenetrables.
            Sintió que miraba un muro de cactos, punzante, como si cada uno de estos seres fuese, en
            realidad, un puercoespín. Le herían la mirada a Miss Amy, como le hubiesen herido las manos si
            los tocaba. Eran gente que le cortaba la carne, como una imaginable  esfera  hecha  de  puras
            navajas de afeitar. No había por dónde tomarlos. Eran otros, ajenos, confirmaban a la señorita en
            su repulsión, en su prejuicio...

               ¿Qué  hacían  ahora?  ¿Colgaban una olla del emparrado, le daban un palo a un niño, le
            vendaban los ojos, el niño daba golpes de ciego hasta atinar, la olla caía hecha pedazos, los niños
            se abalanzaban a recoger dulces y cacahuates, alguien se atrevía a poner una música ruidosa,
            guitarras y trompetas y aullidos de lobo, en el tocadiscos portátil, iban a bailar en su jardín, iban a
            abrazarse  de  esa  manera  inmunda,  iban  a tocarse a risotadas, abrazados de las cinturas,
            acariciándose los lomos, a punto de reír, de llorar, de algo peor?

               Apareció,  como  lo  había prometido, en el jardín. Llevaba su bastón en la mano. Fue
            directamente a la segunda piñata, la destruyó de un bastonazo, dio otro sobre el tocadiscos, a
            todos les gritó fuera de mi casa, qué se han creído, esto no es cantina, esto no es burdel, váyanse
            con su música cacofónica y sus comidas indigestas a otra parte, no abusen de mi hospitalidad,
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