Page 74 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            ésta es mi casa, aquí somos de otra manera, aquí no criamos cerdos en la cocina...

               Todos miraron a Josefina. Josefina primero tembló, luego permaneció serena, casi rígida.

               —La señorita tiene razón. Ésta es su casa. Muchas gracias por venir. Gracias por desearle
            buena suerte a mi marido.

               Todos salieron, algunos mirando con enojo a Miss Amy, otros con desprecio, uno que otro con
            miedo, todos con eso que se llama vergüenza ajena.

               Sólo Josefina permaneció, de pie, inmutable.

               —Gracias por prestarnos su jardín, señorita. La fiesta estuvo muy bonita.

               —Fue un abuso —dijo desconcertada, entre dientes apretados, Miss Amy—. Demasiada gente,
            demasiado ruido, demasiado todo...

               Con un movimiento del bastón barrió los platones de la mesa. El esfuerzo insólito la venció.
            Perdió el aliento.

               —Tenía usted razón, señorita. Se está acabando el verano. No se vaya usted a enfriar. Venga
            a la casa y déjeme prepararle su té como de costumbre.

               —Lo hizo usted a propósito —le dijo con visible enojo Archibald, manipulando nerviosamente el
            nudo de su corbata de Brooks Brothers—. Le sugirió que hiciera la fiesta sólo para  humillarla
            frente a sus amigos...

               —Fue un abuso. Se les pasó la mano.

               —¿Qué quiere, que ella también se vaya, como todos los demás? ¿Quiere que me la lleve yo a
            la fuerza a un asilo?

               —Perderías la herencia.

               —Pero no la razón. Usted es capaz de enloquecer a cualquiera, tía Amy. Qué bueno que mi
            padre no se casó con usted.

               —¿Qué dices, desgraciado?

               —Digo que usted hizo esto para humillar a Josefina y obligarla a marcharse.

               —No, dijiste otra cosa. Pero Josefina no se irá. Le hace falta el dinero para sacar a su marido
            de la cárcel.

               —Ya no. La corte negó la apelación. El marido de Josefina seguirá en la cárcel.

               —¿Qué va a hacer ella?

               —Pregúnteselo.

               —No  quiero  hablar  con  ella.  No  quiero  hablar  contigo. Vienes a mi casa a insultarme, a
            recordarme lo olvidado. Te juegas la herencia...

               —Mire usted, tía. Renuncio a la herencia.

               —Te cortas la nariz para vengarte de tu cara. No seas estúpido, Archibald.

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