Page 214 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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conversar con toda tranquilidad. Pero no me esperaba


           que acudieran en masa.



           Mientras contempla un cuadro en el que una manada


           de gráciles elefantes ramonea en el valle de Nanedi,


           una  niña  pequeña  se  toca  la  punta  de  la  nariz


           exactamente igual que la pareja que pasa junto a ella


           cogida  de  la  mano  en  esos  instantes.  Del  mismo


           modo, los andares de los enamorados son idénticos al


           de  una  espigada  estudiante  de  Bellas  Artes  cuya


           reveladora  camiseta  de  tirantes  consigue  que  no


           pueda evitar quedarme mirándola por un momento.


           Una familia entera se cruza con ellos: el padre, de rala


           cabellera anaranjada, se ríe en sospechosa sincronía


           con su retoño. Pero hay muchos más, repartidos por


           doquier  entre  la  multitud,  rodeándonos  por


           completo. Me doy cuenta de que nos están abriendo


           pequeñas  partes  de  sus  gevulots  para  señalizar  su


           posición.  Sus  gestos  me  resultan  curiosamente


           familiares, reminiscencias de otro tiempo, de mis días


           humanos en la Tierra.



           —Están  guiándonos  como  si  fuéramos  ovejas  —


           susurra Mieli—. Por aquí.




           Terminamos  entrando  en  una  espaciosa  balconada,


           separada  de  la  parte  principal  del  museo  por  unas


           puertas de cristal. Un gran estanque poco profundo


           alberga  tres  esculturas  de  las  que  brotan  sendos







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