Page 783 - Herederos del tiempo - Adrian Tchaikovsky
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—Lo siento —dijo por fin—. Yo os he conducido


              hasta aquí.



              Su  mano  tomó  la  de  Holsten,  fría  y  casi


              descarnada; como cuero suave y desgastado que

              cubriese el hueso.



              —¿Cómo ibas a saberlo? Hiciste lo que pudiste.


              Nadie podría haberlo hecho mejor. —Eran solo


              tópicos consoladores—. ¿Tenemos armas aquí?


              —Es  asombroso  todo  lo  que  uno  no  puede


              planear,  ¿verdad?  —dijo  Lain,  recuperando  en


              parte  su  ácido  sentido  del  humor—.  Usa  mi


              bastón. Revienta a una araña por mí.


              Por un momento, Holsten pensó que bromeaba,


              pero Lain le ofreció la vara de metal, y finalmente


              él  la  aceptó,  sopesándola  y  notando  que  era


              sorprendentemente maciza. ¿Era este el cetro que

              había  mantenido  en  su  lugar  a  la  naciente


              sociedad de la tribu de generación en generación?


              ¿Cuántos desafíos a su liderazgo habría sofocado

              Lain  con  él,  a  lo  largo  de  las  eras?  Se  trataba


              prácticamente de una reliquia sagrada.



              Era  una  porra.  En  ese  sentido,  constituía  un

              objeto  esencialmente  humano:  una  herramienta


              para aplastar, para partir, para hacer palanca y


              separar,  la  forma  prototípica  en  la  que  la


              humanidad se enfrentaba al universo.


              ¿Y cómo se enfrentan ellas al mundo? ¿Cuál es la


              herramienta básica de la araña?






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