Page 244 - El hombre ilustrado - Ray Bradbury
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y sus piernas y sus manos: «No más manos», decía.
«Ya no tengo manos. Nunca las tuve. Ni cuerpo.
Nunca lo tuve. Ni boca. Ni cara. Ni cabeza. Nada.
Solamente espacio. Solamente el abismo.»
Los hombres se volvieron en silencio y observaron
las remotas y frías estrellas.
Espacio, pensó Clemens. El espacio que tanto le
gustaba a Hitchcock. Espacio, con nada arriba, nada
abajo, mucha nada en el centro, y Hitchcock que cae
en medio de esa nada, hacia una noche cualquiera,
hacia una mañana cualquiera.
EL ZORRO Y EL BOSQUE
HUBO fuegos artificiales aquella primera noche,
algo inquietantes quizá, pues recordaban otras
cosas horribles, pero éstas eran hermosas
realmente: cohetes que subían en el aire antiguo y
dulce de México, y chocaban con las estrellas
convirtiéndolas en fragmentos azules y blancos.
Todo era agradable y suave. El aire era una mezcla
de muertos y vivos, de lluvias y polvos, del olor del
incienso y el olor de las tubas de bronce que
lanzaban al aire los amplios compases de La Paloma.
Las puertas de la iglesia estaban abiertas de par en
par, y parecía como si una enorme constelación
amarilla hubiese caído desde el cielo de octubre y
ardiese ahora en los muros de piedra. Un millón de
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