Page 741 - La Era Del Diamante - Neal Stephenson
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disolverse en las mantas—. Ahora, no me queda
mucho. Así que démonos un beso y luego ve por
tu camino, niña.
Nell se inclinó y apretó los labios contra la
mejilla de la señorita Matheson, que parecía de
cuero pero que era sorprendentemente suave.
Luego, no deseando partir tan bruscamente,
giró la cabeza y la reposó sobre el pecho de la
señorita Matheson durante unos mohientos. La
señorita Matheson le acarició débilmente el
pelo y la calmó.
—Adiós, señorita Matheson —dijo Nell—.
Nunca la olvidaré. —Ni yo a ti tampoco —
susurró la señorita Matheson—, aunque
admito que eso no es decir mucho.
Frente a la casa del condestable Moore una
gran cabalina, por su tamaño y masa parecía
algo entre un percherón o un pequeño elefante,
permanecía estólidamente de pie. Era el objeto
más sucio que Nell había visto en su vida: sólo la
suciedad incrustada debía de pesar cientos de
kilos y evocaba el aroma de la tierra de noche y
el agua estancada. Un fragmento de una rama
de moral, todavía con hojas y un par de moras,
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