Page 417 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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En mi habitación —o, mejor dicho, no en la
habitación misma, sino en la calle, pero por la ventana
abierta de la habitación— se oyó un grito lejano y
apagado. Su contenido exacto era incomprensible, pero
me pareció oír palabras en español. Tal vez algo así
como «Ven aquí». No estaba seguro. Pero en ese
momento me preocupaba otra cosa. Yo había cerrado la
ventana de mi habitación con cinta adhesiva para lo que
durase el invierno, y el conducto de ventilación del
techo también estaba cerrado... Al hacer la ronda
nocturna había comprobado que el pasador estuviera
echado. ¿Se habría abierto solo? Pero ¿cómo? ¿O es que
el sonido no venía de fuera?
A pesar de mi ilimitado respeto por Yagoniel, no
osé entrar en la habitación sin encender la luz. Me
arriesgué a ensuciarme: sostuve en alto el platillo con la
vela de cera y me puse en marcha. En mis oídos
resonaba el sordo rumor de los tambores de guerra de
los indios. Pongo a los dioses por testigos de que en ese
momento estaba dispuesto a todo: a que un jaguar
furioso se arrojara sobre mí, a encararme con el
implacable protector de las tumbas mayas...
Pero no había nadie. Había pensado que como
mínimo me encontraría con una cortina agitada por el
viento, pero eso habría significado que el conducto de
ventilación se había abierto y los extraños sonidos
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