Page 257 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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comenzó a recorrer la habitación de un lado a otro
con el rostro ensombrecido, por lo visto, por
temores nada corrientes.
—Bueno —dijo al fin—, todo esto es muy extraño.
Es natural que usted se haya alarmado, y debo
confesar que yo tampoco me siento nada tranquilo.
Dejemos a un lado, si le parece, lo que usted me
contó ayer por la noche y esta mañana. Pero el
hecho es que, durante las últimas semanas, el señor
Leicester ha estado impregr nando su organismo
de un medicamento que desconozco por completo.
Le aseguro que no es el que yo le receté; y aún está
por ver lo que de verdad contiene este frasco.
Desenvolvió el paquete y, tras inclinar el frasco
con cautela, dejó caer unos granos de polvo blanco
en un trozo de papel, y los miró con atención y
curiosidad.
—Sí —dijo—. Parece sulfato de quinina, como
usted dice; es escamoso. Pero huélalo.
Me tendió el frasco y me incliné a olerlo. Era un
olor extraño, nauseabundo, nebuloso e
irresistible, como de un poderoso anestésico.
—Lo haré analizar —dijo Haberden—. Tengo un
amigo que ha dedicado toda su vida a la ciencia
química. Entonces tendremos algo en que
basarnos. No, no; no diga nada más sobre el otro
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