Page 253 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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—Claro que he estado preocupada —le dije—.
Desde hace una o dos semanas no me siento
tranquila.
—En efecto. Ya sabe usted, por supuesto, lo
misterioso que es el cerebro.
—Comprendo lo que quiere decir, pero no me he
engañado. He visto con mis propios ojos lo que le
he contado.
—Sí, sí, claro. Pero sus ojos habían estado
mirando fijamente la extrañísima puesta de sol que
tuvimos ayer. Es la única explicación. Mañana lo
verá de otra forma, estoy seguro. Pero recuerde
que estaré siempre dispuesto a prestarle la ayuda
que esté en mi mano. No vacile en venir a verme,
o mandarme llamar si está en un apuro.
Me marché un poco más aliviada, pero
terriblemente desconcertada, aterrorizada y
acongojada, sin saber adonde dirigirme. Cuando a
la mañana siguiente vi a mi hermano, el corazón
me dio un vuelco al advertir en seguida que
llevaba envuelta en un pañuelo su mano derecha,
la mano en la que yo había visto claramente
aquella mancha como de fuego negro.
—¿Qué te pasa en la mano, Francis? —le pregunté
con voz firme.
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