Page 616 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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abajo, desde el bosque al arroyo. Me había
introducido en el bosque unas cincuenta yardas
más o menos cuando oí que una voz aguda y
penetrante, una voz de jovencita, me llamaba por
mi nombre: ¡Roberts!, ¡James Roberts!; me llevé un
susto tremendo, se lo aseguro. Me detuve en seco
y miré fijamente en torno mío. Por supuesto, no
pude ver nada más que el radiante claro de luna,
sombras negras y todos aquellos árboles:
cualquiera podía ocultarse tras ellos. Entonces se
me ocurrió que podía ser alguna joven lugareña
jugando al escondite con su novio: James Roberts
es un nombre bastante común, especialmente en
esta parte del país. Así es que iba a proseguir mi
camino, sin preocuparme por los asuntos
amorosos locales, cuando aquel grito me llegó
directamente al oído: « ¡Roberts! ¡James Roberts!» ,
y luego media docena de palabras con las que no
le molestaré; en todo caso, todavía no.
Ya he dicho que Roberts no era, de ninguna
manera, íntimo amigo mío. Pero siempre lo había
considerado un tipo afable y cordial, una persona
perfectamente amable; y sentía, y asimismo me
indignaba, verle allí sentado, desdichado y
consternado. Parecía que hubiera visto un
fantasma; peor que eso:
parecía como si hubiese visto el terror.
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