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El Mundo de Roche Robert L. Forward
hoja tras otra del manual de ingeniería de la
Libélula. Jill no estaba ociosa y de tanto en cuanto
la mujer asentía cuando el diablillo le susurraba
algo al oído. De improviso se puso en pie y
recorrió toda la nave hasta la zona del taller en la
que se encontraban los acondicionadores de aire
y las baterías de renovado.
Aunque el cerebro de Jill utilizaba tan poca
potencia eléctrica como era posible, ese cerebro
seguía utilizando una cantidad significativa de
picovatios por pensamiento. El acondicionador de
aire de la Libélula no había sido incluido teniendo
en cuenta la comodidad de la tripulación, sino
para mantener el cerebro de Jill lo bastante fresco
e impedir que se produjeran errores debidos a la
excitación termal. Shirley abrió una puerta de
rejilla y se asomó al interior. Se detuvo, regresó al
armario de los trajes, cogió su permaluz y volvió.
Enfocó el brillante haz de color blanco entre las
grietas que había entre las flautas de las aletas de
enfriado del sistema de acondicionado y hacia el
ventilador de aire que había sobre ellas. Se
detuvo e introdujo un código raramente usado
en el ordenador de la permaluz. Con el pulgar en
un interruptor de dos direcciones, volvió a
enfocar la luz. Unas pocas y diestras ráfagas y
pudo ver, bajo los destellos estroboscópicos, que
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