barba más apurada de lo que era costumbre en Persia. Iba
vestido con toda la sencillez que le permitía su posición.
—¿Dónde está el extraño del que un esclavo vino
corriendo a hablarme?
—Yo soy, Gran Rey —dijo Everard.
—Levántate. Dinos tu nombre.
Everard se puso en pie y murmuró:
—Hola, Keith.
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