Page 244 - Un caso de conciencia -James Blish
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la  voz  que  a  Michelis  pareció  sincero ‐;  pero  no  me


             atraen  los  afines.  Ni  siquiera  entiendo  a  Haertel

             todavía. ¿Le importa que lo dejemos para otro día?


               -  ¡Santo Dios! ‐ exclamó de nuevo la condesa ‐. ¿Cómo

             se me ocurrió invitarle? Es usted demasiado cargante.

             No comprendo por qué me fío aún de la gente. A estas


             alturas debiera haber aprendido la lección.

               Ante el asombro de los presentes, Egtverchi entonó

             con  voz  clara  y  timbre  atenorado  de  castrato:  Swef,


             swef, susa... Por un momento Michelis creyó que la voz

             provenía  de  otra  persona,  pero  la  condesa  se  volvió

             hacia  el  litino  con  el  rostro  contraído  en  una  mueca


             rabiosa que lo asemejaba a una máscara de tragedia

             griega.


               - Cállese ‐ ordenó, con una voz cortante como el filo

             de una navaja. La expresión del semblante contrastaba

             vivamente  con  eI  alegre  relumbre  del  dorado


             maquillaje de los párpados, especialmente elaborado

             para la ocasión.


               - Como quiera ‐ dijo Egtverchi con presteza ‐. Confío

             en que ahora no me confunda con su madre. Hay que

             meditar un poco antes de lanzar estas acusaciones.


               - ¡Asqueroso demonio con escamas!

               - Por  favor,  condesa,  yo  tengo  escamas  y  usted

             pechos. Como debe ser. Me pidió que la entretuviera y


             he pensado que taI vez mi sosegante canto juglaresco



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