Page 402 - Limbo - Bernard Wolfe
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semijuveniles y esa expresión ultraterrena que se
descubre a menudo en la expresión ausente de
muchos rostros de santos en las primitivas
pinturas cristianas... o en los férreos rostros como
si estuvieran sumidos en tran. ce de los salvadores
políticos. El rostro, por ejemplo, de un Helder.
¿Había algo obsceno en aquella imagen? Sí,
seguro. Siempre había algo obsceno en un
hombre que se retira ante el desafío de la
complejidad y se oculta agazapado en la
simplicidad a través del pseudoinfantilismo de la
pseudoimbecilidad del pseudosimplismo del
pseudohelderismo, recortando sus dimensiones
en un fútil esfuerzo por hacerse unilineal e
inconmovible, tratando de autoamputarse hasta
convertirse en una cosa compacta y monocelular
capaz de resistir todos los embates: como un
Gandhi, como un Helder.
Había una curiosa paradoja en la condición de
santidad, puesto que, mientras denegaba todo
intento de dualidad, era en último término la
situación más dualista de todas las situaciones,
una condensación de toda la ambivalencia
humana. Tomemos por ejemplo el precepto
cristiano de que es más bendito el dar que el
recibir. El santo, por supuesto, va por todas partes
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