Page 817 - Anatema - Neal Stephenson
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el paisaje se volvió más sereno. Las carreteras perdieron
carriles, luego se estrecharon insensiblemente,
volviéndose más difíciles y tortuosas, hasta que sin haber
notado ninguna transición súbita nos encontramos
recorriendo interminables pistas de un solo carril y
parándonos para evitar rebaños de animales tan duros y
consumidos que parecían carne reseca moviéndose sobre
cascos.
A finales del cuarto día subimos una pequeña elevación
y contemplamos a lo lejos una montaña desnuda. Para mí
las montañas siempre habían tenido un manto verde
oscuro, adornado por la niebla. Pero en aquel caso era
como si le hubiesen vertido ácido encima y quemado toda
la vida. Poseía la misma estructura de ondulaciones y
hondonadas que las montañas a las que estaba
acostumbrado, pero era tan calva como la cabeza de un
avoto del Valle Tintineante. La luz anaranjada del sol que
se ocultaba la hacía relucir como si estuviera a la luz de
una vela. Quedé tan impresionado por su apariencia que
la miré bastante rato antes de darme cuenta de que no
había nada detrás de ella. En la distancia se alzaban
algunas montañas similares, pero surgían de un plano
geométrico sin rasgos, de un gris oscuro: un océano.
Esa noche acampamos en una playa del Mar de Mares. A
la mañana siguiente llevamos los vehículos por una
rampa, para subir al ferry que nos llevaría a la isla de Ecba.
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