Page 686 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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de hambre o acabaríamos en el mar— se
hizo evidente un cierto buen humor.
Una tarde, con las sombras de los
dipterocarpos extendiéndose hacia el mar,
Stubbins me encontró sentado, como era
habitual, al borde del campamento,
mirando el resplandor del cráter del
bombardeo. ¡Con timidez dolorosa me
preguntó —para mi sorpresa— si quería
unirme a un partido de fútbol! Mis protestas
de que jamás había jugado un partido no
sirvieron de nada, y pronto me encontré ca‐
minando por la playa, hacia el lugar donde
habían marcado un campo simple y con
postes —restos de madera de la
construcción del salón— que servían de
portería. La «pelota» era un fruto de
palmera, vacío de leche, y ocho de nosotros
nos preparamos para jugar, una mezcla de
hombres y mujeres.
No espero que aquella austera batalla pase
a los anales de la historia deportiva. Mi
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