Page 709 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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hicieron indistinguibles. Un cielo gris
luminoso se mezclaba más y más con el
blanco frío del hielo. A medida que el velo de
atmósfera que me separaba del espacio
exterior se hacía más delgado, el cielo
nocturno, que había tenido un color gris
hierro, se llenó de tonos más profundos y
ricos.
Ahora estábamos a tanta altura que la
curvatura del planeta se manifestó —era
como si Londres fuese el punto más alto de
una inmensa colina— y podía distinguir la
forma de la pobre Gran Bretaña, atrapada en
el mar helado.
Seguía sin tener manos ni pies, sin estómago
o boca. Me parecía que me habían separado
de pronto de la materia y veía las cosas con
cierta serenidad.
Y seguíamos subiendo —sabía que ya
estábamos muy por encima de la
atmósfera— y las planicies heladas mutaron
en el paisaje para convertirse en la superficie
de un mundo esférico que giraba, blanco y
sereno —y muy muerto—, por debajo de mí.
Más allá de la brillante Tierra había más
Naves del Tiempo, cientos de ellas, veía
ahora, grandes, de brillo verde, naves
lenticulares de millas de largo, formando una
armada no definida que navegaba por el
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