Page 68 - Hijos del dios binario - David B Gil
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un rincón a la sombra del ala este. Frente a sus ojos


           volvía  a  desarrollarse  uno  de  aquellos  pequeños


           dramas cotidianos que le hacían odiar St. Martha:


           Hugo, un chico al que apenas conocía, había caído



           sobre la nieve manchada de rojo. Se cubría la nariz,


           que rezumaba de manera aparatosa, otorgándole a


           la  escena  ese  cariz  urgente  que  la  sangre  siempre


           aporta.


                  «Prometedme que cuando matéis a Robin —un


           conejo redondo como un peluche—, no sangrará».


           Había  escuchado  aquella  súplica  mucho  tiempo



           atrás,  cuando  a  una  de  sus  compañeras  se  le


           ocurrió rescatar a una cría de conejo de uno de los


           laboratorios. La había escondido en su habitación,


           pero como no podía ser de otra forma, terminaron


           por  descubrirla.  Ella  solo  suplicaba  que  el  pobre


           Robin no sangrara, «como si así fuera a estar menos


           muerto», pensó Nicholas en su momento.


                  Hugo  no  había  tenido  la  suerte  de  Robin:


           sangraba con profusión mientras, de rodillas frente



           a  sus  castigadores,  levantaba  un  brazo  para


           protegerse  de  una  nueva  acometida.  Inclinado


           sobre él, Reiner le gritaba con tanta violencia que la


           saliva le humedecía los labios. La actitud de aquel


           muchacho alto y delgado contrastaba con la de sus


           compañeros:  August  y...,  ¿cómo  se  llamaba  el




                                                                                                             68
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