Page 10 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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perdido en silueta lo había ganado en aroma, y ahora
su sudor estaba impregnado de una fragancia que a
Pérdicas le bajaba directo de la nariz a los ijares.
Aunque había trabajado a conciencia para dar placer a
la joven, volvió a excitarse; su gruñido de dolor
provocó una carcajada de Roxana.
—Eres tan lujurioso como los escitas, que se
acuestan con sus propias yeguas.
—Hasta una estatua de mármol sentiría lujuria
contigo —respondió Pérdicas, venteando el sudor de la
joven.
—Convence de eso al bujarrón de mi esposo.
A Pérdicas le sorprendía con qué énfasis
pronunciaba Roxana las palabrotas. Cuando hablaba
griego sus vocales aspiradas rechinaban como la
amoladera al afilar la espada, pero se expresaba con
más fluidez que muchos macedonios de la infantería.
Los idiomas eran uno de los muchos talentos que
escondía tras la máscara de su belleza. De haber sabido
que la mujer de Alejandro era tan inteligente, Pérdicas
jamás se habría metido en su cama.
—Ya te he dicho que no hables así de él. No es
decoroso.
—¿Decoroso? Qué cosas más graciosas dices a
veces. Mírate a ti y mírame a mí. —Roxana se rió, y bajo
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